ZOÉ: MÚSICA PARA VIAJES INTERESTELARES

Zoé nació en los márgenes y terminó orbitando el centro mismo del rock latinoamericano. A mediados de los noventa, cuando las disqueras buscaban al próximo Caifanes y el grunge todavía hacía eco desde Seattle, un puñado de veinteañeros en Cuernavaca empezó a construir, casi sin saberlo, la banda de rock alternativo más influyente de México en las últimas décadas.

En 1994, León Larregui, Sergio Acosta, Alberto Cabrera, Ángel Mosqueda y Jesús Báez eran más una pandilla obsesionada con The Beatles, el britpop y el grunge que un proyecto serio de carrera. Tocaban donde se podía, cambiaban de alineación y coqueteaban con el inglés, mientras trataban de encontrar una voz propia en un país que aún no sabía qué hacer con el rock independiente. Para 1997, la formación se estabiliza y aparece el ADN definitivo de Zoé: guitarras etéreas, melodías hipnóticas y letras que mezclan ciencia ficción emocional con misticismo urbano.

Sin espacios en la radio comercial ni circuito sólido de foros, Zoé hizo lo que hacían las bandas verdaderamente tercas: organizar sus propios conciertos, repartir demos, aprovechar el internet cuando todavía sonaba a promesa futurista y apostar al boca en boca. Aquellos primeros cassettes y CDs quemados a mano empezaron a colarse en programaciones alternativas en México y en estaciones en español de Estados Unidos. En 1998 firman su primer contrato discográfico, que se diluye sin resultados, pero la banda ya había aprendido una lección clave: confiar menos en las discográficas y más en su comunidad de fans. En el año 2000 editan de forma independiente su primer álbum, también titulado Zoé. Sony se fija en el ruido que ya estaban generando y toma la distribución del disco. “Asteroide” y “Miel” comienzan a sonar fuerte, y de pronto aquellas canciones de atmósfera espacial aparecen en soundtracks de películas como Amar te duele, Ladies’ Night y The Dreamer. Sin darse cuenta, Zoé se estaba convirtiendo en la banda sonora no oficial de una generación de adolescentes mexicanos que descubría el amor, la ciudad y el desencanto con audífonos puestos.

El segundo golpe llega en 2003 con Rocanlover, producido por Phil Vinall, el mismo que había estado detrás de Placebo y Elastica. El disco suena a madrugadas largas, a bares llenos de humo, a un DF que todavía no se llamaba CDMX. “Peace and Love”, “Love” y “Veneno” mezclan sensibilidad británica con melancolía latinoamericana. Años después, León recordaría esa etapa como un laboratorio caótico: Zoé no sabía todavía si su destino estaba en el inglés o en el español, solo tenía claro que quería seguir experimentando.

Cansados de la maquinaria de las grandes disqueras, dejan Sony en 2004. Sin sello, pero con una base de fans cada vez más fiel, siguen girando y colocando canciones a fuerza de directo. En 2005, ya con Rodrigo Guardiola en la batería tras la salida de Alberto Cabrera, graban por su cuenta “Dead” y se asocian con el sello independiente Noiselab. Publican el EP The Room, que vende más de 50 mil copias y entra a listas de ventas en México, un hito para una banda alternativa. Dos Metropolitan sold out en la Ciudad de México confirman que Zoé ya no depende del sistema: se ha construido uno propio.

El gran salto cósmico llega en 2006. La banda se encierra a trabajar con Phil Vinall entre Manzanillo, Sonic Ranch en Texas y estudios en la Ciudad de México. El resultado es Memo Rex Commander y el Corazón Atómico de la Vía Láctea, un título que parece sacado de un cómic retrofuturista y un disco que cristaliza todo lo que Zoé venía insinuando: rock espacial, psicodelia pop, letras cargadas de símbolos, viajes, dimensiones paralelas y corazones que flotan en galaxias personales. El álbum debuta en el número uno en México y alcanza disco de oro en semanas. “Vía Láctea” se convierte en himno instantáneo y el grupo llena por primera vez el Auditorio Nacional. Ya no son solo una banda de culto: son una referencia masiva.

Desde ahí, la trayectoria solo se vuelve más ambiciosa. En 2007 graban su primer CD/DVD en vivo, 281107, en el Palacio de los Deportes, capturando en video lo que ya era leyenda entre fans: Zoé es de esas bandas que en vivo no solo reproduce canciones, construye trance. Guitarras que se estiran, sintetizadores que envuelven, un León casi chamánico en el centro del escenario, y una audiencia que canta como si se tratara de un ritual más que de un concierto.

En 2008 regresan al estudio con Vinall para dar vida a Reptilectric. Once temas, todos en español, marcan el fin definitivo de sus coqueteos con el inglés. Es el disco de una banda que se sabe dueña de su lenguaje y se atreve a retorcerlo a placer. La placa entra directo al número uno, se hace platino y los lanza a una gira extensa por México, Latinoamérica, Estados Unidos y España. Luego llega Reptilectric Revisitado, un ejercicio de relectura donde otros artistas latinoamericanos versionan y remezclan las canciones, subrayando algo evidente: Zoé ya influyó a una nueva generación.

El siguiente paso es inevitable: conquistar otros territorios. En España lanzan la compilación 01–10 con nuevos arreglos y colaboraciones junto a Enrique Bunbury, Anni B. Sweet, Dorian y Vetusta Morla. El grupo se sube a escenarios internacionales como Coachella, y para muchos chicos latinos que viven en Estados Unidos, ver a Zoé en ese lineup es algo más que un concierto: es una validación cultural en medio del desierto californiano.

En 2011, cuando otras bandas de su generación se diluyen, Zoé decide hacer justo lo contrario: revisitar su propio catálogo con un MTV Unplugged. Música de fondo toma sus himnos y los reimagina con instrumentos acústicos, arreglos detallistas y la presencia de invitados como Adrián Dárgelos, Bunbury, Chetes y Denise Gutiérrez de Hello Seahorse!. “Soñé”, “Labios rotos”, “Luna” y un “Bésame mucho” convertido en plegaria cósmica demuestran que debajo de las capas de efectos siempre hubo canciones sólidas, capaces de sostenerse solo con una guitarra y una voz. El disco les da nominaciones al Grammy Latino y abre una nueva puerta: su música, despojada de distorsión, también funciona como banda sonora íntima.

Prográmaton llega como siguiente capítulo de madurez. Con una gira de 75 shows en 16 países, Zoé se confirma como una de las pocas bandas mexicanas capaces de girar al estilo de los proyectos anglosajones: largos recorridos, grandes recintos, públicos diversos. La alineación ya clásica de León Larregui, Sergio Acosta, Ángel Mosqueda, Jesús Báez y Rodrigo Guardiola funciona como una máquina perfectamente aceitada: cada uno aporta un engrane esencial a esa mezcla de rock alternativo, psicodelia pop y texturas electrónicas que se ha vuelto su marca registrada.

Después de la intensidad, la pausa. Un par de años de respiro sirven para mirar hacia atrás y documentar el viaje con Panoramas, un documental que los sigue en carretera, backstage y escenarios, y que deja claro que Zoé es tanto una banda como una forma de vida. León aprovecha el impasse para profundizar en su carrera solista, pero la historia de Zoé está lejos de terminar.

En 2018 rompen el silencio con “Azul”, un sencillo que adelanta Aztlán, disco que dialoga con el México prehispánico desde la sensibilidad de una banda del siglo XXI. Aztlán suena a misticismo, a viaje interior, a país fracturado que sigue buscando sentido. Canciones como “Temor y temblor” y “Clarividad” confirman que Zoé sigue interesado en empujar sus límites estéticos sin perder el gancho melódico que los llevó del underground de Cuernavaca a los escenarios más grandes del continente.


SE CONVIRTIERON EN UNA ESPECIE DE PUENTE GENERACIONAL: LE DIERON A LOS ADOLESCENTES DE PRINCIPIOS DE LOS 2000 UN SONIDO PROPIO, DISTINTO AL ROCK CLÁSICO DE SUS PADRES, Y AYUDARON A NORMALIZAR LA IDEA DE QUE UNA BANDA MEXICANA PODÍA PENSAR EN GRANDE, HACER DISCOS CONCEPTUALES, TOCAR EN COACHELLA, LLENAR FOROS EN BOGOTÁ, LIMA O LOS ÁNGELES Y, AL MISMO TIEMPO, SEGUIR SIENDO LA BANDA QUE EMPEZÓ ARMANDO TOCADAS POR SU CUENTA PORQUE NINGÚN BAR LES ABRÍA LAS PUERTAS.


A lo largo de su carrera, Zoé ha merecido Grammys y Latin Grammys, pero quizá su mayor logro no cabe en una vitrina. Se convirtieron en una especie de puente generacional: le dieron a los adolescentes de principios de los 2000 un sonido propio, distinto al rock clásico de sus padres, y ayudaron a normalizar la idea de que una banda mexicana podía pensar en grande, hacer discos conceptuales, tocar en Coachella, llenar foros en Bogotá, Lima o Los Ángeles y, al mismo tiempo, seguir siendo la banda que empezó armando tocadas por su cuenta porque ningún bar les abría las puertas. Hoy, cuando un chico en cualquier ciudad de América Latina descubre “Vía láctea” o “Deja te conecto” en una playlist perdida y siente que esa mezcla de melancolía cósmica y guitarras brillantes está hablando directamente de su vida, Zoé vuelve a cumplir su misión original: ser el soundtrack de una generación que mira al cielo buscando respuestas, pero que aprendió hace tiempo a inventarlas por sí misma.

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