
En la Rosario de principios de los noventa, cuando el rock argentino parecía mirar casi siempre hacia Buenos Aires, un grupo de amigos decidió bautizar su banda con un grafiti desparejo, medio borrado, escrito por obreros furiosos en la cortina metálica de una mueblería: “Vilma Palma e Hijos, Vampiros de los Obreros”. El tiempo y el óxido hicieron lo suyo hasta dejar solo “Vilma Palma e Vampiros”. Ese nombre, que un amigo usaba para presentar espectáculos en la ciudad, terminó siendo el título de una de las historias más peculiares del rock/pop latino. “Se lo robamos”, cuenta siempre Mario “Pájaro” Gómez entre risas, como si ahí estuviera la esencia del grupo: apropiarse del caos de la calle y convertirlo en fiesta pegajosa.
Vilma Palma e Vampiros nació oficialmente el 20 de septiembre de 1990 en Rosario, de la mano de Mario “Pájaro” Gómez, Gerardo “Largo” Pugliani y Jorge Risso. Arrancaron tocando en boliches nocturnos, en esa escuela feroz donde las canciones tienen que funcionar en la pista o morir en la barra. Desde el comienzo, su mezcla era clara: rock de guitarras, melodías pop y una vocación descarada por el gancho inmediato. Eran hijos de la noche rosarina y, sin saberlo, se estaban preparando para escribir algunos de los himnos más irresistibles de los noventa en Hispanoamérica.
El salto llegó rápido. Barca Records les ofreció un contrato nacional y en 1991 apareció el debut homónimo, Vilma Palma e Vampiros, también conocido como La Pachanga. El disco explotó. La pachanga se convirtió en un fenómeno continental, una especie de licencia colectiva para el descontrol: sonar en radios, fiestas, estadios y casamientos al mismo tiempo. El álbum superó el millón de copias vendidas, fue oro, platino y doble platino, y abrió las puertas de Chile, Colombia, Perú, Paraguay y Uruguay. Vilma Palma pasó de los clubes rosarinos a los escenarios de media Sudamérica en tiempo récord, llevando un sonido que mezclaba la picardía barrial con un pop rock directo, sin culpas. En 1993 llegó 3980, un título que homenajeaba la dirección donde ensayaban en Rosario. Si el primer disco había sido la explosión, el segundo fue la confirmación. Travestis, Te quiero tanto, Mojada, Auto rojo, Verano traidor, Me vuelvo loco por vos: cada tema parecía diseñado para quedarse pegado en la memoria colectiva. El grupo sumó seguidores en México y consolidó su lugar en Sudamérica. Los premios también llegaron: el Arce en 1992 y el Prensario en 1992 y 1994, sellando una etapa en la que Vilma Palma se convirtió en sinónimo de hit.
En 1994, con la presión de los medios y de la propia disquera encima, la banda regresó al estudio Big Audio de Rosario para grabar Fondo profundo. El disco, lejos de achicarse, repitió la fórmula ganadora con otra vuelta de tuerca: la canción que le da nombre, una mezcla de flamenco y pop, se instaló en la rotación radial de todo el continente. A su alrededor orbitaban Todo lo que fue, Voy a vos, Fernet con coca y Cazafantasmas, temas que terminaron de construir el universo Vilma Palma: historias de amor, desamor, excesos y noches eternas contadas con ironía, melodrama y un ojo entrenado para el detalle urbano. A mediados de los noventa, la banda cambió de piel. En 1995 terminó su ciclo con Barca Discos y firmó con EMI, entrando de lleno en la lógica de la multinacional. Viajaron a Estados Unidos para grabar y mezclar su cuarto disco, Sepia, blanco y negro, donde se cruzaban reggae, rock en español y pop en una apuesta más arriesgada. El resultado no tuvo las ventas de los trabajos anteriores, pero dejó canciones como Mareo y Fiesta, esta última dedicada explícitamente a los fans latinoamericanos, como si el grupo supiera que la verdadera casa de Vilma Palma eran esos públicos que los habían acompañado desde el principio.
La vorágine continuó en 1996 con Ángeles y demonios, su quinto álbum, grabado en plena gira dentro de un estudio móvil. Cambiaron los teclados: se fue Gustavo Sacchetti, entró Ricardo Vilaseca. El disco intentó recuperar el pulso más roquero de los primeros trabajos, pero la poca difusión hizo que pasara casi en silencio fuera del círculo de seguidores. Lorelé y Decime no alcanzaron para romper ese muro, y con este álbum terminó el contrato con EMI. Mientras tanto, Barca Discos se encargó de mantener viva la maquinaria editando un grandes éxitos y, en 1997, un disco en vivo registrado en el Teatro Ópera de Buenos Aires y en un concierto en Arequipa, Perú, ambos de la época de Fondo profundo. Ese álbum en directo capturó a la banda en su hábitat natural: un Vilma Palma desatado, con el público cantando cada estribillo como si fuera el último.
En 1998 firmaron con Sony Music y sacaron Hecatombe disco, un giro sonoro que combinaba cumbia argentina, sonido disco setentero, funk, pop y, como siempre, pachanga. La banda se movía con el viento de las tendencias, probando fórmulas nuevas sin perder su ADN bailable. Se incorporó el percusionista y programador Pablo Ho Al, y Taxi fue elegido como primer sencillo. Pero el riesgo no se tradujo en cifras: las ventas fueron discretas. Al final del año, el baterista Carlos “Oveja” González dejó la banda y fue reemplazado por Ariel Hueso. El cambio de siglo encontró a Vilma Palma de regreso en su vieja casa. En el 2000 volvieron a Barca Discos para grabar 7, su séptimo trabajo, esta vez con Ezequiel Guillardy en batería. Era un disco más sentimental, de sonido pop, donde brillaban temas como Soy un loco y Son tus ojos. En paralelo editaron Remix 2000, con nuevas versiones de Bye Bye, La pachanga (ahora con sonidos latinos), Auto rojo y Fondo profundo, una relectura nostálgica de su propia historia. Hubo gira por Hispanoamérica, pero el impacto ya no era el de los primeros años. La era dorada parecía haber quedado atrás.
En mayo de 2001 se anunció la disolución de la banda. Diferencias musicales, choque de criterios sobre el rumbo y la crisis económica argentina terminaron empujando a Mario Gómez y Gerardo Pugliani hacia Estados Unidos, específicamente Los Ángeles. Allí reclutaron una nueva alineación bajo la dirección de Guillermo Pascual y grabaron Vuelve a comenzar, su octavo disco, editado en 2002 por Barca en Argentina y Musart en Estados Unidos. El título no era metáfora: era una declaración. El tema Vuelve a comenzar entró con fuerza en las radios hispanas, y la Latintour 2003 los llevó de nuevo por toda América durante más de dos años. Todas las canciones fueron compuestas por Gómez y Pugliani, como en un intento de recuperar el corazón creativo original. A fines de 2004, con el sello Epsa Music, grabaron Histeria, noveno trabajo, que significó también el regreso de varios integrantes históricos: Carlos “Oveja” González a la batería y Karina Di Lorenzo en coros. Versionaron Borracho hasta el amanecer de Los Coquillos y salieron otra vez a la ruta latinoamericana, demostrando que la marca Vilma Palma aún tenía peso emocional en la memoria colectiva.
El verdadero termómetro llegó en 2007, cuando fueron convocados al Buenos Aires Beer Festival. Volvían a tocar en vivo en la ciudad después de 13 años y el miedo a encontrarse con un público indiferente era real. La respuesta fue todo lo contrario: un éxito masivo que sorprendió incluso a los propios músicos. Ese baño de cariño los impulsó a grabar un DVD en vivo en The Roxy de Buenos Aires, con todos los clásicos y cuatro temas nuevos. Editado en CD y DVD a finales de 2008, el material confirmó que la nostalgia también puede ser combustible creativo. En 2010 llegó 20-10, su décimo álbum de estudio y guiño numérico a sus veinte años de historia, lanzado el 20 de octubre de 2010. El disco tuvo muy buena aceptación, con Estar con vos y Cara de amor devolviéndolos a cierta masividad y a las listas de radio. Dos años después apareció Agarrate fuerte, onceavo disco, con 15 canciones donde se mezclaban ritmos como bossa nova y ska, todas compuestas por Mario Gómez y Jorge Risso, la dupla fundadora cerrando el círculo una vez más.
HOY, VILMA PALMA E VAMPIROS OCUPA UN LUGAR EXTRAÑO Y ESPECIAL EN LA HISTORIA DEL ROCK EN ESPAÑOL.
Después de seis años de silencio discográfico, lanzaron Boomerang, su duodécimo álbum. El título parecía una metáfora perfecta: Vilma Palma siempre vuelve. El disco ofrecía ritmos que iban del pop a las baladas clásicas del grupo, pero incorporaba también matices del género urbano, buscando actualizar el sonido sin perder la identidad. Carcamán se destacó como uno de los temas emblema de esta etapa, prueba de que todavía podían escribir canciones memorables. Hoy, Vilma Palma e Vampiros ocupa un lugar extraño y especial en la historia del rock en español. Son la banda que salió de un grafiti de protesta, conquistó medio continente con una pachanga interminable, sobrevivió a cambios de sello, crisis económicas, separaciones y reencuentros, y sigue girando con un arsenal de himnos que el público se sabe de memoria. Entre el recuerdo y la reinvención, siguen demostrando que, a veces, las canciones más subestimadas del pop terminan siendo las que mejor resisten al tiempo. Y cada vez que suena La pachanga, Auto rojo o Fondo profundo en una fiesta latinoamericana, se confirma una verdad simple: los vampiros de Rosario siguen vivos.