
Víctimas del Doctor Cerebro nació en Ciudad Nezahualcóyotl y desde el inicio cargó con el ADN salvaje de la periferia: máscaras coloridas, riffs que viajan del metal al ska, humor negro de barrio y una teatralidad que parecía salida de una historieta psicodélica. En los años en que el rock mexicano peleaba por un espacio digno, ellos aparecieron como una pandilla imposible de clasificar, un carnaval mutante que combinaba guitarras afiladas con cumbias frenéticas y fragmentos de la Marcha de Zacatecas tocados como si fueran un conjuro lunar. No eran solamente una banda, eran un universo, una estética, un híbrido que se adelantó décadas a lo que después se llamaría “performance”.
La historia comienza en 1987, cuando Jesús Romualdo Flores, “El Chipotle”, y su hijo Ricardo, “El Abulón”, formaron un dueto llamado Tecnopal. Era una época de lucha subterránea, de tocar donde se pudiera, con cajas de ritmos, saxofones y un sonido electro–mex que se movía entre lo experimental y lo marginal. Aun así, Tecnopal alcanzó notoriedad gracias a “El esqueleto”, grabado en apenas cuatro horas en un estudio en Acapulco. Aquella mezcla de humor macabro, melodía pegajosa y espíritu punk ya mostraba lo que vendría después: una banda que convertía lo grotesco en arte callejero.
Hacia 1990, los Flores deciden reconvertirse para participar en el concurso Rock en la selva de asfalto. Entran como Tecnopal y salen siendo Víctimas del Doctor Cerebro, nombre inspirado en un villano del cine de luchadores. La transformación no fue solo estética. Se sumaron nuevos miembros: el bajista “El Tuco”, hermano menor de Abulón; “El Destroyer” en guitarra; y “La Bruja” en batería. La banda dejó atrás la electrónica rígida y abrazó un rock más orgánico, más visceral, una mezcla de punk, metal alternativo y ritmos tropicales que se volvió su sello definitivo. Poco antes de grabar el debut, “El Destroyer” se fue y entró Javier Cázares, “Stoneface”. También llegó Daniel “El Ranas”, otro hijo de Chipotle, encargado de coros y piruetas sobre el escenario con máscaras fluorescentes que se volvieron parte de la mitología del grupo. En 1994 lanzaron su primer álbum con EMI, titulado simplemente Víctimas del Doctor Cerebro. El impacto fue fulminante. Una nueva versión de “El esqueleto” irrumpió en la radio y la televisión como un virus irreverente que conectó de inmediato con una generación necesitada de rareza y energía. El disco los llevó a todos los escenarios importantes del rock mexicano, consolidando a la banda como una fuerza imparable, tanto musical como visual.
El segundo álbum, Brujerías (1995), los terminó de catapultar. “Ya tus amigos” se convirtió en otro éxito, y el grupo demostró que no era un fenómeno pasajero: su combinación de teatralidad, humor y crudeza estaba aquí para quedarse. En 1997 llegó Boutique 2000, recibido con entusiasmo por la base de fans, aunque con menos ruido mediático. Un año después, el baterista se fue y entró Pedro Gamón, considerado uno de los mejores del norte del país, aunque su estancia fue breve. El destino les lanzó uno de los giros más oscuros de su historia el 9 de noviembre de 1999. La banda debía viajar en el Vuelo 725 de TAESA. Llegaron tarde al aeropuerto después de una noche de excesos y perdieron el avión. Minutos más tarde, ese vuelo se estrelló y todos los pasajeros murieron. Víctimas del Doctor Cerebro sobrevivió por azar, por resaca, por el caos que siempre ha rodeado su historia. Esa sombra trágica terminó convirtiéndose en parte de la leyenda.
Pasaron los años, llegaron nuevos discos y formaciones renovadas. Fenómenos apareció en 2002 y luego Invencibles, con una alineación distinta que incluía a Carlos Sánchez en batería, David López Chirino en bajo y Carlos Colorado “Carolo” en guitarra. A esas alturas, las Víctimas ya habían acumulado giras por Estados Unidos, Centroamérica y Sudamérica, y habían pasado por festivales como Rock al Parque, Vive Latino y Pululagüa. Su identidad mutaba, pero el espíritu seguía intacto: un rock macabro, festivo y teatral que mezclaba tradiciones populares mexicanas con la furia del metal y el caos del punk. Aunque la escena rockera mexicana se vio reducida hacia finales de los noventa, la banda se mantuvo activa y respetada. En 2007, la alineación incluía a Chipotle, Abulón, Tuco y Ranas. En 2008 lanzaron “El cadáver del amor” y poco después “Fantasma”, su último álbum de aquella etapa, presentado en el Vive Latino con una fuerza escénica que recordó por qué eran esenciales. Su presencia se volvió recurrente en el festival; contaban siete apariciones para 2009. Con el paso de los años, la tragedia volvió a tocar a la puerta: murieron El Gitano del Rock, miembro original de Tecnopal, y La Bruja, baterista de la etapa inicial de Víctimas del Doctor Cerebro. Aun así, la banda continúa. Su alineación actual incluye a Chipotle, Abulón, Ranas, Tuco, Pain Galván en guitarra y Alex Díaz en batería, una mezcla de generaciones que mantiene vivo el espíritu del grupo.
HOY, DESPUÉS DE DÉCADAS SOBREVIVIENDO A LA INDUSTRIA, A LOS CAMBIOS GENERACIONALES Y HASTA A UN VUELO CONDENADO, LAS VÍCTIMAS SIGUEN SIENDO UNA INSTITUCIÓN DEL ROCK MEXICANO.
En 2014 lanzaron Sobrenatural en el teatro Fru fru y emprendieron una gira que los llevó por Estados Unidos y Europa por primera vez, además de regresar a Latinoamérica. En 2015 celebraron 26 años en el Teatro Blanquita, recordándole al público que Víctimas del Doctor Cerebro siempre ha sido más que una banda: es un espectáculo total, una estética viva que convierte la oscuridad en celebración y el caos en identidad. Hoy, después de décadas sobreviviendo a la industria, a los cambios generacionales y hasta a un vuelo condenado, las Víctimas siguen siendo una institución del rock mexicano. Un culto que nunca se domesticó, un laboratorio permanente de máscaras, riffs y desmadre. En cada concierto late la misma sensación de sus inicios: la idea de que el rock no solo se escucha, se vive, se encarna, se sufre y se baila. Y en ese ritual, las Víctimas siguen siendo los doctores del caos.