VICENTICO: HISTORIA DE UN FABULOSO SOLISTA

Gabriel Julio Fernández Capello nació en Buenos Aires en 1964 sin saber muy bien de quién era hijo, pero sí de qué estaba hecho: teatro, poesía y ruido. La madre, Adelaida Mangani, ligada al mundo de los títeres y la escena; el padre que lo cría, Manuel Fernández Capello, ausente y discutido; el padre biológico, el titiritero Ariel Bufano, apenas revelado décadas después. En ese rompecabezas de apellidos y silencios también aparece el abuelo poeta, Alfredo R. Bufano. De ese caldo raro salen dos cosas claras: una relación temprana con el arte y una desconfianza visceral hacia cualquier identidad demasiado limpia, demasiado ordenada.

Vicentico crece con esa duda de origen como fantasma íntimo, una historia que no se termina de contar hasta que a los treinta y tantos se hace una prueba de ADN que confirma lo que intuía: ningún lazo de sangre con Fernández Capello. La verdad biológica no cambia lo esencial, pero ayuda a explicar cierta melancolía de fondo, esa manera de cantar como si siempre hubiera algo que se está yendo o a punto de romperse.

A mediados de los ochenta, junto a su amigo y cómplice Flavio Cianciarulo, arma la banda que va a cambiar para siempre el mapa del rock latino: Los Fabulosos Cadillacs. Ska, reggae, rock, murga, política, caos adolescente y una voz que no canta “bien” en el sentido académico, pero que atraviesa como un cuchillo envuelto en papel de diario. Durante casi dos décadas, Vicentico es la cara y el timbre de esa maquinaria desbordada que salta de “Yo no me sentaría en tu mesa” a “Matador” y “Vasos vacíos”, llevando el rock en español a festivales, radios y barrios donde antes mandaba el pop en inglés. Cuando los Cadillacs bajan la persiana a comienzos de los 2000, para muchos parece el final de una era. Para Vicentico es más bien una mudanza. En 2002 publica su primer disco solista, simplemente titulado “Vicentico”. El álbum suena a muchas cosas y a todas a la vez: ecos “fabulosos”, bossa nova, aires gitanos, baladas nocturnas. Son doce canciones, casi todas propias, donde el cantante empieza a construir otro personaje, menos frenético y más fatalista, un crooner porteño que mira el amor con resignación, ironía y una pizca de humor negro.

En 2004 llega “Los rayos”, el segundo disco, que termina de instalarlo como solista de peso. Ahí aparecen “Los caminos de la vida” y “Tiburón”, dos temas que se vuelven indispensables en sus conciertos y que muestran su talento para agarrar una canción ajena o una figura popular y convertirla en tormenta emocional propia. (Wikipedia) La banda suena compacta, con contrabajo, vientos y percusión que acercan el universo Vicentico al de los viejos boliches de barrio y al de la canción latinoamericana de autor.

“Los pájaros” (2006) continúa el camino con menos estridencia y más niebla. En paralelo, su voz se cuela en otros territorios: en 2007 se mete de lleno en la cumbia villera grabando “Aquí la tenés” con Pablo Lescano, líder de Damas Gratis, y la calle lo adopta sin demasiadas preguntas. Ahí se ve una de sus armas secretas: Vicentico puede cantar sobre un riddim jamaiquino, un ska acelerado o una cumbia de parlante roto, y siempre suena a él.

En 2010 aparece “Sólo un momento”, y el título funciona casi como manifiesto. El disco viene cargado de baladas oscuras y medios tiempos que se pegan en la radio. La canción que da nombre al álbum se vuelve una especie de salmo laico sobre el tiempo, la culpa y la segunda oportunidad, y termina ubicando al disco entre los más vendidos de 2011. El Vicentico solista ya no es “el de los Cadillacs”, ahora es un nombre propio que llena teatros con su propio repertorio.

El siguiente movimiento es doble: en 2012 lanza “Sólo un momento en vivo”, registrado a orillas del río Paraná, y en paralelo aparece “Vicentico 5”, donde afila aún más la pluma y se permite coquetear con arreglos pop más modernos. Un año después, en 2013, ese trabajo se corona cuando gana el Latin Grammy a Mejor Canción de Rock por “Creo que me enamoré”, un tema que suena a balada de madrugada pero que se sostiene sobre una estructura rockera clásica. (Wikipedia)

En 2015 llega “Último acto”, un álbum que suena a revisita, pero también a laboratorio. Son 18 canciones entre inéditos, versiones propias y covers, producido por Cachorro López y cruzado de invitados: Willie Nelson desde el country estadounidense, Intocable representando al tex-mex y el dúo jamaiquino Sly & Robbie aportando ADN dub. Esa mezcla confirma lo que ya se intuía: Vicentico piensa la música latinoamericana como un mapa donde las fronteras son más políticas que sonoras.

Mientras tanto, la vida privada avanza en paralelo, casi en otro tono. Vive con la actriz Valeria Bertuccelli y sus hijos Florián y Vicente, en una cotidianeidad que pocas veces expone. Apenas se filtran, cada tanto, anécdotas sobre su hijo metido también en la música, pequeñas pistas de una casa donde los discos siguen sonando a cualquier hora.

En 2019, sin hacer demasiado ruido, lanza “Freak”, primer adelanto de un álbum que se demora más de lo previsto y termina convirtiéndose en “El pozo brillante” (2021). El disco lo encuentra más introspectivo, pero también más luminoso. Hay guitarras espaciales, momentos de pura melodía y letras que miran hacia adentro sin ponerse solemnes. La crítica lo recibe como uno de sus trabajos más sólidos y la industria lo confirma con dos golpes sobre la mesa: Latin Grammy a Mejor Álbum de Rock por “El pozo brillante” y a Mejor Canción de Rock por “Ahora 1”. (Wikipedia) A casi cuarenta años de haber arrancado, Vicentico, el tipo que nunca quiso ser exactamente un “rock star”, se convierte en uno de los referentes ineludibles del rock latino.

Parte de su encanto radica en la manera en que su voz envejece en público. A diferencia de otros cantantes que intentan conservar a toda costa la energía juvenil, él se acomoda al paso del tiempo: canta un poco más bajo, frasea distinto, se permite silencios largos entre verso y verso. Esa fragilidad controlada hace que incluso las canciones más conocidas suenen de otra manera en cada gira. Lo que en los ochenta era desparpajo ahora es sabiduría con ojeras.

La historia personal, con sus zonas borrosas y revelaciones tardías, también parece haberse filtrado en su forma de escribir. Desde los días furiosos de “Yo te avisé” hasta la melancolía refinada de “Sólo un momento” y la reflexión existencial de “El pozo brillante”, hay una constante: personajes que dudan, que se arrepienten, que aman mal pero siguen insistiendo. No hay héroes, hay tipos comunes tratando de entender qué hacer con el miedo, el deseo y el paso del tiempo.


UN CROONER SUBURBANO, CAPAZ DE CANTAR CON ORQUESTA, CON BANDA DE BARRIO O SOBRE UN BEAT MINIMALISTA.


En el panteón del rock en español, Vicentico ocupa un lugar extraño. Es, al mismo tiempo, la voz de una de las bandas más importantes de la historia latinoamericana y un solista que construyó una carrera paralela sin vivir de la nostalgia. Un crooner suburbano, capaz de cantar con orquesta, con banda de barrio o sobre un beat minimalista. Un heredero de la poesía de su abuelo y del teatro de su padre, pero también de las noches interminables en furgoneta y de los festivales sudorosos donde aprendió que una canción no termina nunca de escribirse mientras alguien la siga cantando al otro lado del escenario. Hoy, cuando sube al escenario y vuelve a encender el micrófono, hay algo que se mantiene intacto desde aquellos días en que nadie sabía bien de quién era hijo: el temblor en la voz que aparece justo antes del primer verso. Esa pequeña duda, ese instante de vértigo, es tal vez la verdadera marca registrada de Vicentico. Todo lo demás, los premios, las giras, los discos de oro, son apenas el ruido brillante que deja una vida entera dedicada a hacer que una verdad íntima, cantada desde Buenos Aires, le suene familiar a medio continente.