SODA STEREO: DE LA CIUDAD DE LA FURIA AL MUNDO

Antes de ser mito, Soda Stereo fue solo la historia de tres chicos porteños tratando de sonar como sus héroes ingleses en un país que recién salía de la dictadura y aprendía a respirar en democracia. Buenos Aires, 1982. Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti no lo sabían, pero estaban a punto de cambiar para siempre la forma en que América Latina se miraba a sí misma cuando se ponía unos audífonos.

Cerati y Zeta se cruzan primero en Punta del Este, en el verano del 81. Dos veinteañeros obsesionados con The Police, The Cure, XTC y todo lo que oliera a new wave británica. Cada uno tenía su banda, sus maquetas, sus frustraciones. De regreso en Buenos Aires siguen en contacto, prueban proyectos que no terminan de cuajar, hasta que aparece el tercer vértice del triángulo: un joven baterista llamado Carlos Ficicchia, hijo del legendario músico de jazz Tito Alberti, al que todos empezarán a llamar Charly. La química es inmediata. Falta el nombre, sobran las ideas.

Primero se bautizan Los Estereotipos, en homenaje a The Specials. Graban un demo con Richard Coleman como segunda guitarra y empiezan a moverse por el under porteño, entre pubs derruidos y cabarets reciclados como el Marabú. Desde el principio está claro que algo es distinto: el look new wave, el humor ácido, la precisión de las canciones, el coqueteo con el ska y la ironía urbana. Muy pronto sienten que el “Los” en el nombre los ata a una tradición demasiado gastada. En sesiones de brainstorming universitario anotan palabras sueltas hasta que dos se quedan pegadas: Soda Stereo. Pop gaseoso, burbujeante, pero con electricidad de alta tensión.

El debut oficial llega en 1984 con el disco homónimo, producido por Federico Moura de Virus. El sonido es fresco, anguloso, lleno de guitarras nerviosas, líneas de bajo melódicas y baterías que se mueven entre el punk y la pista de baile. Canciones como ¿Por qué no puedo ser del Jet Set? y Sobredosis de TV capturan a una generación que descubría el zapping, la publicidad, el cinismo y la posibilidad de reírse de todo eso. Soda entra por los ojos tanto como por los oídos: peinados imposibles, trajes entallados, estética cuidada al milímetro por Alfredo Lois, el “cuarto Soda” en la sombra. Con Nada personal (1985) la banda deja claro que no piensa quedarse en la superficie. Las letras se vuelven más introspectivas y melancólicas, aunque sin abandonar el pulso bailable. El trío ya no es solo una promesa, es un fenómeno en Argentina. Obras Sanitarias se llena, los discos se convierten en platino y las radios empiezan a programarlos sin descanso. Pero el verdadero salto cuántico llega en 1986 con Signos. Temas como Persiana americana y Signos consolidan una poética propia: romances paranoicos, ciudades frías, símbolos crípticos y una tensión constante entre la intimidad y la épica.

Mientras tanto, algo más grande está ocurriendo. La llamada “Sodamanía” empieza a expandirse por Latinoamérica. Giras por Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Costa Rica, Paraguay. En Viña del Mar, el público los corona con la Antorcha de Plata y exporta el fanatismo al resto del continente gracias a la televisión. Por primera vez, una banda latinoamericana de rock en español suena y se ve con la misma ambición que sus referentes anglosajones. El rock deja de ser solo “nacional” para convertirse en un idioma continental. En 1988, Doble Vida marca otro punto de inflexión. Grabado en Nueva York con el productor Carlos Alomar, colaborador de David Bowie, el álbum suena cosmopolita y sofisticado. En la ciudad de la furia se convierte en un manifiesto urbano: Buenos Aires como metrópolis salvaje, escenario de insomnios y vuelos interiores. El video entra en rotación en MTV cuando todavía no existía MTV Latino. Soda deja de ser “la banda argentina más grande” para transformarse en la banda de referencia del rock latinoamericano.

Pero la coronación definitiva llega en 1990 con Canción Animal. Es el álbum donde el grupo abraza el rock de guitarras con los dientes apretados. Nada de synth-pop amable. Aquí hay distorsión, rugido, músculo. De música ligera nace casi como una canción más del repertorio y termina convertida en himno generacional. Dos acordes, una melodía imbatible y una frase que cualquier estadio puede gritar sin pensarlo demasiado. En el séptimo día, Un millón de años luz, Té para tres completan un disco que muchos consideran la cumbre del rock en español. La gira Animal es descomunal. Casi todo el mapa latinoamericano marcado en el itinerario, 14 funciones seguidas en el Gran Rex de Buenos Aires, estadios llenos y una sensación clara: Soda ya no está compitiendo dentro de la escena hispanohablante, está jugando en una liga aparte. MTV Europa les dedica especiales, la prensa internacional se fija en ellos y el concepto “rock latino” empieza a sonar menos anecdótico y más inevitable.

Cuando parecía que la fórmula estaba asegurada, el trío decide girar el volante. Dynamo (1992) se mete de lleno en el shoegaze, la experimentación sonora y las texturas densas. No vende lo que se esperaba, desconcierta a parte del público, pero se convertirá con los años en un disco de culto. En paralelo, Cerati empieza a trazar su propio camino con Colores santos junto a Daniel Melero y luego con Amor amarillo. Zeta produce otras bandas, Charly se aleja un poco de los focos. La máquina perfecta muestra sus fisuras. En 1995, Sueño Stereo funciona como síntesis y despedida sin que nadie lo diga en voz alta. Es un álbum de madurez absoluta, elegante, introspectivo, donde conviven la electrónica, el pop refinado y la melancolía luminosa. Zoom, Ella usó mi cabeza como un revólver, Paseando por Roma demuestran que Soda sigue un paso adelante. La sesión para MTV Unplugged se convierte en otro hito: arreglos orquestales, lecturas nuevas de clásicos y una versión de En la ciudad de la furia con Andrea Echeverri que todavía pone la piel de gallina.

En 1997 llega el final. La banda anuncia su separación con un comunicado que sacude las portadas de los diarios argentinos. No hay escándalo público, pero sí cansancio, duelos personales, caminos que se abren hacia otros lados. La gira de despedida recorre México, Venezuela, Chile y culmina el 20 de septiembre en el Estadio Monumental de River Plate. Esa noche, después de un repertorio que funciona como repaso emocional de quince años de historia, suena De música ligera. Cerati mira al cielo, respira el rugido de decenas de miles y dispara una frase que quedará tatuada en la memoria del continente: “No solo no hubiéramos sido nada sin ustedes, sino con toda la gente que estuvo a nuestro alrededor desde el comienzo. Gracias… totales”. Es el punto final y, a la vez, el inicio del mito. Tras la disolución, Cerati se convierte en el solista más influyente del rock latino con discos como Bocanada y Ahí vamos, refinando hasta el extremo su talento para la melodía y la producción. Zeta se mueve entre la producción, los proyectos digitales y el rol de DJ. Charly arma nuevas bandas, se mete en el mundo tech y se reinventa lejos del molde de “ex Soda”. Cada uno, a su manera, sigue expandiendo la sombra alargada de lo que construyeron juntos.

En 2007, la frase “Me verás volver” se vuelve profética. El trío se reúne para una gira que, más que regreso, suena a celebración colectiva. River Plate de nuevo, múltiples fechas agregadas por demanda, Latinoamérica rendida a sus pies, tres músicos demostrando que el tiempo puede haber pasado, pero la conexión con las canciones sigue intacta. Es la última vez que los tres comparten escenario. Después cada uno vuelve a su órbita. La historia da un giro dramático en 2010, cuando Cerati sufre un ACV tras un concierto en Caracas. Cuatro años en coma, una vigilia continental, una despedida silenciosa en 2014 que se siente como un duelo personal para millones. Con él se va una de las voces más originales que haya parido el rock en nuestra lengua. Soda, desde entonces, deja de ser solo “una banda legendaria” para convertirse en territorio emocional: la música con la que crecieron varias generaciones, la banda sonora de amores, viajes, rupturas y descubrimientos. En 2020, ya sin Gustavo, Zeta y Charly deciden encender otra vez la máquina con la gira Gracias Totales. Invitados como Benito Cerati y Chris Martin cantan las canciones que ya no necesitan presentación. Más que un intento de resurrección, es un homenaje extendido, una manera de decir que ese catálogo pertenece a todos, no solo a sus creadores. La gira se cierra en 2022 y Soda Stereo vuelve al silencio, esta vez definitivo.


ES CANTANTE, COMPOSITOR, ACTOR Y PRODUCTOR QUE HA SABIDO SOBREVIVIR A LOS VAIVENES DE LA INDUSTRIA SIN PERDER SU ESENCIA.


Hoy, cuando en un estadio cualquiera suenan los acordes de De música ligera y todo el mundo entra a coro sin que nadie lo pida, se entiende el tamaño del legado. Soda Stereo no solo vendió millones de discos ni llenó recintos imposibles. Inventó una manera de ser banda de rock en Latinoamérica con ambición global, derribó complejos coloniales y le enseñó a varias generaciones que se podía sonar moderno, sofisticado y profundamente propio usando el español como arma principal. En sus mejores momentos, la música de Soda fue exactamente eso que prometía su nombre: efervescente, adictiva, imposible de olvidar. Una descarga eléctrica servida en vaso de vidrio, con burbujas que todavía suben, décadas después, cada vez que alguien vuelve a poner Signos, Canción Animal o Sueño Stereo y se deja arrastrar, una vez más, por esa ola que no termina.