
Sergio Arau siempre ha habitado la frontera entre el ruido y la rebeldía, entre la tinta y la guitarra, entre el cine y la carcajada incómoda. Nacido como Alfonso Sergio Arau Corona el 14 de noviembre de 1951, heredó del director Alfonso Arau no solo el apellido, sino la pulsión de contar historias a su manera: sin pedir permiso, sin suavizar bordes y sin miedo a incomodar. Muy pronto encontró en la música un espacio para mezclar sátira, política, identidad y rock, como si fueran ingredientes naturales del mismo guiso cultural que él veía hervir en las calles de México.
Antes de convertirse en El Uyuyuy, ya había probado lo que era estar en un escenario en tiempos convulsos. Su iniciación formal llegó en Avándaro 1971, el festival mítico que marcó el despertar y el silenciamiento del rock mexicano. Ahí tocó con su banda familiar, La Ley de Herodes, respirando por primera vez el vértigo de la contracultura. Ese espíritu nunca lo abandonó.
En 1983, junto a Armando Vega-Gil y Francisco Barrios El Mastuerzo, fundó Botellita de Jerez, un trío que agitó la escena con una idea tan absurda como brillante: crear un género propio. Lo llamaron Guacarrock, una fusión irreverente de riffs, tradiciones populares, humor alburero, identidad chicana y teatralidad callejera. Botellita desmontó la solemnidad del rock en español con una sonrisa filosa, e hizo del barrio, el naco, el mito indígena y la cultura urbana una plataforma estética. Arau fue la guitarra y el trazo visual del proyecto. Mientras componía, también ilustraba portadas de discos, hacía caricatura política en periódicos y dibujaba mundos que parecían salidos del mismo universo delirante de Botellita. Su obra siempre fue multiforme, como si sus dedos no pudieran quedarse quietos en un solo lenguaje. Tras su salida del grupo, no tardó en reinventarse. En 1993 debutó en Los Ángeles con La Venganza de Moctezuma, una banda de cuatro piezas que continuaba la tradición irreverente y política de Botellita, pero con un filo más punk y un espíritu claramente fronterizo. Ya instalado en Estados Unidos, abrazó esa condición híbrida, mitad exiliado, mitad cronista cultural, con la misma energía que había puesto en sus primeras aventuras.
Como solista lanzó tres discos y afianzó una carrera que lo mostraba tan cómodo en el estudio como detrás de una cámara. Porque mientras la música seguía siendo su brújula, el cine lo reclamaba con fuerza. Arau desarrolló videoclips, animaciones y proyectos audiovisuales que poco a poco lo llevaron a su obra más famosa: A Day Without a Mexican. La película, un mockumentary político y satírico, fue un fenómeno transfronterizo. Con humor corrosivo narraba qué ocurriría si todos los mexicanos desaparecieran de Estados Unidos por un día, dejando al descubierto la invisibilidad y la dependencia de una sociedad que los explota mientras finge no verlos. Arau había encontrado en el cine un megáfono distinto, pero igual de necesario.
Después vino Naco es Chido, un filme que retomaba el espíritu botellero para explorar la identidad mexicana desde la exageración y el absurdo. Su trabajo siempre ha girado en torno a lo mismo: ¿quiénes somos?, ¿de dónde viene eso que llamamos identidad?, ¿por qué nos incomoda tanto mirarnos en el espejo? En 2015, Arau volvió a la música formando Los Heavy Mex, junto a integrantes de la banda mexicoamericana Rusty Eye. Era una especie de regreso al origen, a la distorsión cruda y a la épica del rock underground.
Ya entrado en nuevas décadas, el artista siguió mutando. De ilustrador infantil a caricaturista político, de guitarrista incendiario a director de culto, de cronista urbano a provocador profesional. Su espectáculo Tocada y Fuga llegó como una síntesis de todas sus facetas: música, humor, cine, crítica social y ese tono irreverente que solo alguien como él puede sostener sin caer en la caricatura. Sergio Arau es mucho más que un músico o un cineasta. Es una fuerza cultural que lleva cincuenta años cuestionando, burlándose, desmontando y reescribiendo lo que significa ser mexicano dentro y fuera del país. Su obra es un recordatorio de que el arte puede ser incómodo, estruendoso y profundamente divertido, sin perder nunca su capacidad de golpear donde más duele.
ES CANTANTE, COMPOSITOR, ACTOR Y PRODUCTOR QUE HA SABIDO SOBREVIVIR A LOS VAIVENES DE LA INDUSTRIA SIN PERDER SU ESENCIA.
Ya entrado en nuevas décadas, el artista siguió mutando. De ilustrador infantil a caricaturista político, de guitarrista incendiario a director de culto, de cronista urbano a provocador profesional. Su espectáculo Tocada y Fuga llegó como una síntesis de todas sus facetas: música, humor, cine, crítica social y ese tono irreverente que solo alguien como él puede sostener sin caer en la caricatura. Sergio Arau es mucho más que un músico o un cineasta. Es una fuerza cultural que lleva cincuenta años cuestionando, burlándose, desmontando y reescribiendo lo que significa ser mexicano dentro y fuera del país. Su obra es un recordatorio de que el arte puede ser incómodo, estruendoso y profundamente divertido, sin perder nunca su capacidad de golpear donde más duele.