
Pastilla nació como nacen las bandas que cambian esquinas enteras del rock: por accidente, por juventud, por necesidad. A mediados de los noventa, en una Ciudad de México saturada de tránsito, ruido, y sueños que chocaban contra las paredes, Víctor “Chicles” Monroy empezó a buscar un sonido que pudiera explicar lo que sus ojos veían y lo que su cabeza no dejaba de imaginar. La banda pasó por varios nombres, primero Signos, luego Juana la Loca, hasta que dieron con uno que parecía contener un mundo entero. Pastilla. Una palabra cotidiana, sencilla, que todos han tomado alguna vez para curar el cuerpo o el alma. Y esa metáfora, la de la música como medicina, se convirtió sin querer en el ADN del grupo.
Su sonido irrumpió como un eco del indie que ya rugía en otras latitudes. Pastilla absorbió la crudeza garagera de Count Five y The Sonics, la sensibilidad melódica de The Smiths, el descaro británico de Blur, la distorsión emocional de Sonic Youth y las texturas del indie de Manchester. Pero lo que hicieron no fue imitación. Fue asimilación. Desde su primer disco homónimo de 1996, distribuido por el sello independiente Aztlán Records, dejaron claro que su brújula estaba afinada hacia un rock que apostaba por lo vulnerable. “Amor metal”, su primer sencillo, era un manifiesto disfrazado de canción.
Para 1998, el grupo dio un salto ambicioso con Vox Electra. La producción de Diego Herrera y la participación de Sabo Romo no solo conectaron a la banda con la vieja guardia del rock mexicano, sino que también reforzaron un sonido eléctrico, directo, áspero en los bordes pero luminoso en las melodías. Temas como “Tatú”, “Mortal” o “Ataúd” los consolidaron entre las propuestas más frescas y urgentes de finales de los noventa. Pastilla no sonaba como nadie, pero al mismo tiempo parecía hablar por todos.
El caos, como siempre en el rock, llegó pronto. A inicios de los dos mil, con cambios de integrantes, recursos escasos y la tozudez melancólica de Víctor Monroy como única constante, Pastilla lanzó HEY!!! en 2003. Con canciones como “Comezón”, “It’s OK” y “Sexta extinción”, el disco funcionó como un renacimiento necesario. Una bocanada de energía rebelde que demostraba que la banda no dependía de alineaciones específicas, sino de una visión emocional y cruda que solo ellos sabían sostener. En esos años, músicos de Jumbo y otros proyectos alternativos colaboraron con ellos, sosteniendo la maquinaria mientras Pastilla trazaba su propio camino.
Telekinetik llegó después, casi como un secreto compartido entre fans. Un álbum distribuido solo en internet y en conciertos, que reforzó su estatus de culto. Para 2005 regresó el baterista original Eric Ruvalcaba y se sumó Yayo en el bajo y la guitarra. Grabaron su único álbum en vivo en Rockotitlán, sin ediciones, sin trucos. Una fotografía sonora que capturaba lo que verdaderamente era Pastilla en el escenario: intensidad, nostalgia, electricidad pura.
El siguiente giro inesperado llegó en 2006, cuando la banda firmó con SONY/BMG y lanzó A marte. El álbum, una mezcla de desamor, cosmos y cuchillos emocionales, mostró una faceta más introspectiva y casi emo. Víctor hablaba de curar heridas y sanar corazones rotos con canciones. Pero también se quedó solo. Tras la salida de Adrián Monroy, él fue el único miembro fundador que permaneció, convirtiéndose en el centro emocional de una banda que se negaba a morir.
Pastilla siguió avanzando a su manera. Un disco de rarezas circuló únicamente en Los Ángeles. En 2013 apareció “Dormida”, una señal de vida. En 2014 lanzaron Sentidos Saturados y emprendieron una gira extensa por México y Estados Unidos, reafirmando que seguían siendo capaces de tocar nervios, memorias y ritmos con la misma intensidad de antes. En 2017 entregaron Hasta la Muerte, hasta ahora su último álbum de estudio. Una declaración de resistencia: seguirán aquí hasta que la música decida lo contrario.
El legado del grupo también quedó registrado en un DVD grabado en Rockotitlán, un compendio de treinta canciones que repasaron su historia frente a una multitud que nunca los abandonó. Una despedida que no lo fue. El público los obligó a regresar, como suele pasar con las bandas que se convierten en memoria colectiva.
En 2018, Víctor Monroy enfrentó su momento más polémico. Declaraciones desafortunadas en redes sociales desataron una tormenta que puso a Pastilla en titulares ajenos a la música. Víctor ofreció disculpas públicas, reconociendo años de frustración por la desigualdad entre bandas nacionales e internacionales. Después llegó el sismo, la planeación de un concierto benéfico, la pausa forzada por la pandemia. Lo que nunca llegó fue el silencio definitivo. Pastilla, como su nombre, vuelve cuando alguien lo necesita.
La historia de Pastilla no es lineal ni perfecta. Es la historia de una banda que sobrevivió a cambios, a rupturas, a errores, a la industria, a sí misma. Una banda que tomó las referencias del indie mundial y las convirtió en un lenguaje íntimo, mexicano, urbano y emocional. Una banda que nunca buscó encajar, sino existir. Y que, a casi tres décadas de su nacimiento, sigue siendo una marca indeleble del rock alternativo en español. Pastilla ha sido muchas cosas a lo largo de su vida. Pero, sobre todo, ha sido eso que prometía su nombre desde el principio: una cura. Una pastilla contra el olvido, contra el ruido, contra el vacío. Una dosis de música que, aunque cambie de forma, siempre encuentra a quien salvar.
UNA BANDA QUE TOMÓ LAS REFERENCIAS DEL INDIE MUNDIAL Y LAS CONVIRTIÓ EN UN LENGUAJE ÍNTIMO, MEXICANO, URBANO Y EMOCIONAL. UNA BANDA QUE NUNCA BUSCÓ ENCAJAR, SINO EXISTIR.
La historia de Pastilla no es lineal ni perfecta. Es la historia de una banda que sobrevivió a cambios, a rupturas, a errores, a la industria, a sí misma. Una banda que tomó las referencias del indie mundial y las convirtió en un lenguaje íntimo, mexicano, urbano y emocional. Una banda que nunca buscó encajar, sino existir. Y que, a casi tres décadas de su nacimiento, sigue siendo una marca indeleble del rock alternativo en español. Pastilla ha sido muchas cosas a lo largo de su vida. Pero, sobre todo, ha sido eso que prometía su nombre desde el principio: una cura. Una pastilla contra el olvido, contra el ruido, contra el vacío. Una dosis de música que, aunque cambie de forma, siempre encuentra a quien salvar.