NATALIA LAFOURCADE: ENTRE EL VIENTO Y LA RAÍZ

Natalia Lafourcade apareció en la escena mexicana como una anomalía luminosa: una compositora precoz que parecía venir de otro tiempo, armada con una voz frágil y al mismo tiempo indoblegable, capaz de convertir el pop en un territorio íntimo, artesanal y profundamente poético. Con los años, su nombre se volvió sinónimo de evolución, riesgo y devoción absoluta por las raíces musicales de México y América Latina. Lo que comenzó como un debut fresco y juvenil terminó en una de las obras más densas, influyentes y respetadas del siglo veintiuno.

Nacida en la Ciudad de México pero criada entre cafetales, humedad y montañas de Coatepec, Veracruz, Lafourcade creció rodeada de arte. Su padre, el músico chileno Gastón Lafourcade, y su madre, la pianista y pedagoga María del Carmen Silva Contreras, moldearon desde temprano su sensibilidad. Fue su madre quien creó el método Macarsi, una herramienta que usó para ayudar a Natalia a rehabilitarse después de un accidente con un caballo. La música, desde entonces, no fue solo expresión o juego. Fue salvación.

La infancia de Natalia fue un laboratorio creativo inagotable. Estudió piano, teatro, saxofón, guitarra, arte, canto. A los diez años cantó mariachi, y en la adolescencia imitó a Gloria Trevi y Garibaldi mientras se obsesionaba con Fiona Apple, Björk, Café Tacvba, Ely Guerra y Julieta Venegas. En 1998 entró al efímero grupo pop Twist, experiencia que más tarde describiría como una lección de lo que no quería ser: playback, imposiciones, artificio. El punto de quiebre llegó con la Academia de Música Fermatta, donde conoció a compañeros que definirían sus primeros pasos artísticos. A los 17, el productor Loris Ceroni escuchó sus demos y la empujó a grabar su primer disco. Así nació Natalia Lafourcade, el álbum debut que en 2002 sacudió el pop mexicano con una mezcla de rock, bossa nova y ritmos latinos. “En el 2000” se volvió himno generacional y la convirtió en un fenómeno. Su música migró al cine con Amar te duele, expandiendo su notoriedad a toda Latinoamérica.

El éxito temprano derivó en Natalia y La Forquetina y en un disco más rockero, Casa, producido en gran parte por Emmanuel del Real. Tras ganar un Latin Grammy, la banda se desintegró y Lafourcade comenzó la primera gran reinvención de su carrera. Hu Hu Hu, en 2009, mostró una Natalia soñadora, experimental, marcada por su estancia en Canadá y un universo estético más onírico. A partir de ahí, su camino dejó de parecer el de una estrella pop y comenzó a parecer el de una artista total.

Su obsesión por los grandes compositores mexicanos derivó en Mujer Divina en 2012, un homenaje a Agustín Lara acompañado de figuras como Miguel Bosé, Drexler, Gilberto Gil y Lila Downs. Fue un punto de inflexión que la llevó a mirar hacia atrás para poder seguir avanzando. Tres años después, Hasta la raíz se convertiría en su obra cumbre: un disco emocional, íntimo y feroz, que se volvió un clásico inmediato. Ganó cinco Latin Grammy, quebró barreras culturales y convirtió su nombre en referencia obligada de la música latina contemporánea.

A partir de ahí, Lafourcade dio un salto hacia lo más profundo de las tradiciones. Las Musas, grabadas con Los Macorinos, la conectaron con bolero, son, vals y folclor latinoamericano desde una postura humilde y devocional. Luego llegarían Un canto por México, volúmenes 1 y 2, trabajos luminosos que celebran la música raizal mientras financian la reconstrucción del Centro de Son Jarocho en Veracruz. Su versión de “Recuérdame” para Coco la llevó incluso a los Oscar, donde formó parte de la actuación ganadora a Mejor Canción Original.

El ciclo culminó con De Todas las Flores en 2022, grabado casi como un ritual, bajo la producción de Adán Jodorowsky y con músicos como Marc Ribot y Sebastian Steinberg. Un álbum introspectivo, de cámara, doloroso y esperanzador, que la llevó a estrenarlo en Carnegie Hall, reafirmando su estatus como una de las compositoras más importantes del continente.

Cancionera, lanzado en 2025, profundizó en ese universo: un trabajo analógico, grabado en vivo con 18 músicos, influido por el cine de oro mexicano y por su propia entrada a los cuarenta. Conecta introspección y memoria cultural para crear su obra más madura, celebrada mundialmente.

Fuera del escenario, Lafourcade vive en Coatepec, en la casa donde creció. Allí pinta, escribe, estudia, recibe a músicos y mantiene el equilibrio entre la vida íntima y la exposición pública. En 2021 se casó; en 2025 anunció que espera a su primer hijo mientras continúa girando por Europa. La maternidad, dice, le despierta un nuevo tipo de luz. También ha enfrentado duelos profundos, como la muerte de su sobrino Nicolás, a quien dedicó la estremecedora canción Que te vaya bonito, Nicolás.

A lo largo de dos décadas, Lafourcade ha demostrado una capacidad única para mutar sin perder la esencia. Desde el pop juvenil hasta la música tradicional latinoamericana, desde el bolero hasta el jazz, desde el cine hasta los auditorios sinfónicos, su obra parece una búsqueda constante de identidad, belleza y verdad. En un tiempo dominado por la inmediatez, Natalia Lafourcade ha construido una carrera basada en la paciencia, la artesanía y el afecto. Su voz, suave pero firme, ha acompañado a millones mientras reinventa las raíces de un continente. Y todavía suena como si estuviera empezando. Si algo ha demostrado es que, para ella, la música no es solo un oficio. Es un modo de habitar el mundo.


EN UN TIEMPO DOMINADO POR LA INMEDIATEZ, NATALIA LAFOURCADE HA CONSTRUIDO UNA CARRERA BASADA EN LA PACIENCIA, LA ARTESANÍA Y EL AFECTO.


A lo largo de dos décadas, Lafourcade ha demostrado una capacidad única para mutar sin perder la esencia. Desde el pop juvenil hasta la música tradicional latinoamericana, desde el bolero hasta el jazz, desde el cine hasta los auditorios sinfónicos, su obra parece una búsqueda constante de identidad, belleza y verdad. En un tiempo dominado por la inmediatez, Natalia Lafourcade ha construido una carrera basada en la paciencia, la artesanía y el afecto. Su voz, suave pero firme, ha acompañado a millones mientras reinventa las raíces de un continente. Y todavía suena como si estuviera empezando. Si algo ha demostrado es que, para ella, la música no es solo un oficio. Es un modo de habitar el mundo.