
Desde su origen en 1989, La Castañeda se ha mantenido como una de las propuestas más enigmáticas, teatrales y conceptuales del rock mexicano. Fundada en la Ciudad de México por Salvador Moreno, Oswaldo y Omar de León, Edmundo Ortega, Alberto Rosas y Juan Blendl, la banda tomó su nombre del legendario manicomio “La Castañeda”, inaugurado en 1910 por Porfirio Díaz y clausurado en 1968, símbolo perfecto del límite entre la razón y la demencia. Esa línea difusa se convertiría en el corazón estético y filosófico del grupo.
En una escena dominada por la explosión del rock en tu idioma de finales de los ochenta, La Castañeda apareció como un fenómeno aparte: teatral, oscuro, profundamente visual. Mientras Caifanes, Maldita Vecindad y Fobia exploraban la modernidad urbana, La Casta se internaba en los laberintos de la mente humana, construyendo su propio manicomio sonoro. Sus conciertos fueron concebidos desde el principio como experiencias totales —mezcla de música, performance, danza y artes escénicas— donde cada canción se transformaba en una pieza de teatro expresionista.
Su álbum debut, Servicios Generales (1989), lanzado de forma independiente, se convirtió en una pieza de culto por su crudeza lírica y su atmósfera sombría. Dos años después, BMG los fichó bajo su sello Culebra, especializado en rock, y reeditó el material como Servicios Generales II (1993), añadiendo nuevas canciones y una producción más pulida. Con El Globo Negro (1994) y El Hilo de Plata (1996), la banda alcanzó su madurez artística: guitarras distorsionadas, teclados hipnóticos, una voz grave y teatral, y letras cargadas de simbolismo que hablaban de redención, deseo y locura.
Pero si algo distinguía a La Castañeda de sus contemporáneos era su propuesta escénica. En cada show, los instrumentos se erigían sobre tambos oxidados; los músicos vestían como internos o doctores de un sanatorio imaginario; y entre luces rojas y humo aparecían acróbatas, actores y bailarines que representaban, con intensidad casi ritual, las emociones de cada tema. No era solo un concierto: era una ceremonia, una purga colectiva.
Tras la desaparición del sello Culebra y un breve receso, la banda regresó en 1999 con Trance, un disco independiente que exploró terrenos electrónicos y acústicos sin abandonar su oscuridad característica. En él colaboró el legendario cantautor Óscar Chávez en el tema “Nancy Llaga”, creando un vínculo entre generaciones de rebeldía musical. Sin embargo, la intensidad emocional de los años noventa llevó a una pausa. En 2000, La Casta anunció su Desaparición Tour, una especie de despedida que, como su nombre lo sugería, no sería definitiva.
En 2003, el grupo resurgió abreviado por sus fans como La Casta, lanzando Galería Acústica (2004), una revisión íntima de sus clásicos, acompañada de un DVD conmemorativo de su XV aniversario. Dos años después publicaron Llama Doble: Primera Llama (2006), y en 2010 continuaron la saga con La Otra Llama. En estas producciones, su sonido evolucionó hacia un tono más introspectivo, pero sin perder el dramatismo que los caracterizaba.
SU MEZCLA DE ROCK, BLUES, JAZZ, Y HASTA LEVES GUIÑOS AL PUNK O AL SKA, LOS CONVIRTIÓ EN UNA BANDA INCLASIFICABLE, UNA QUE NO BUSCABA EL ÉXITO FÁCIL, SINO PROVOCAR CATARSIS.
A lo largo de las décadas, La Castañeda ha trascendido modas, manteniendo un culto fervoroso en torno a su estética demente y lúcida. Han compartido escenario con figuras icónicas del rock mexicano como Santa Sabina, Café Tacvba, Caifanes y Tijuana No!, sin perder nunca su identidad. Su mezcla de rock, blues, jazz, y hasta leves guiños al punk o al ska, los convirtió en una banda inclasificable, una que no buscaba el éxito fácil, sino provocar catarsis. Hoy, más de tres décadas después, La Castañeda sigue siendo un espectáculo de introspección y descontrol: un espejo de la mente humana que se atreve a mirar donde los demás apartan la vista. Porque, como su nombre lo anuncia, La Castañeda no es solo una banda: es un estado mental.