
Nacida del corazón sonoro de la Ciudad de México, La Barranca es mucho más que una banda: es un concepto musical en constante transformación, una alquimia entre el rock, la poesía y la raíz mexicana. Fundada y liderada por el guitarrista y compositor José Manuel Aguilera, la agrupación ha mantenido, desde mediados de los noventa, una fidelidad casi espiritual a la búsqueda artística y a la independencia creativa.
Aguilera, un veterano de proyectos como Sangre Azteka, Jaguares, Cecilia Toussaint y Nine Rain (junto al mítico Steven Brown de Tuxedomoon), formó el primer núcleo de La Barranca junto a Federico Fong en el bajo y Alfonso André en la batería —ambos también exintegrantes de Jaguares—. Desde su primer disco, El fuego de la noche (1996), el trío demostró una profundidad poco común en el rock mexicano: una música que no buscaba gritar, sino arder desde dentro.
Con el tiempo, La Barranca evolucionó, integrando nuevos elementos sin perder su esencia. En su segunda etapa se unieron Alex Otaola, virtuoso guitarrista de Santa Sabina, y los hermanos José María (“Chema”) y Alonso Arreola, quienes aportaron un pulso rítmico sofisticado y experimental. Su sonido se movió con libertad entre el rock progresivo, el jazz eléctrico y la influencia del folclor mexicano, en una síntesis tan cerebral como emocional.
En El Fluir, una de sus obras más celebradas, la banda decidió grabar en vivo, reduciendo los arreglos digitales y apostando por la crudeza del momento. Fue también su primer lanzamiento en Estados Unidos desde Tempestad (1998), e incluyó el tema inédito “Pare de Sufrir”, acompañado por un video que reflejaba la introspección estética del grupo.
Pero La Barranca no solo se define por su música: también por sus pausas, sus silencios, y su constante renacer. En 2007, la banda entró en un receso creativo. Aguilera lanzó No más héroes, por favor, un segundo proyecto junto a Jaime López, mientras Alonso Arreola publicaba LabA: Música Horizontal, un disco instrumental con colaboraciones de músicos internacionales como Trey Gunn y Michael Manring. Otaola, por su parte, editó Fractales, un experimento audiovisual que combinaba imágenes y sonido como una extensión natural de su inquietud artística.
Ese mismo año, Arreola anunció su salida del grupo, y con ella la disolución temporal de la formación. Sin embargo, de las cenizas del hiato surgió una noticia inesperada: el regreso del trío original. En 2008, Aguilera, Fong y André se reunieron para grabar Providencia, un álbum introspectivo y poderoso que se distribuyó inicialmente a través del sitio oficial de la banda. Poco después, lanzaron Construcción, un disco hermano que contenía versiones instrumentales y demos del material anterior, revelando el proceso detrás del sonido.
EN UN PANORAMA SATURADO DE RUIDO, LA BARRANCA ELIGIÓ SIEMPRE EL CAMINO MÁS DIFÍCIL: EL DE LA PROFUNDIDAD.
A lo largo de su historia, La Barranca ha sido una constante contradicción: sofisticada pero visceral, urbana pero profundamente mexicana. Sus letras, muchas veces inspiradas en la literatura y el cine —de Rulfo a Kurosawa—, exploran la condición humana con una lucidez que trasciende las modas del rock latino. En un panorama saturado de ruido, La Barranca eligió siempre el camino más difícil: el de la profundidad. Más de dos décadas después, su nombre sigue evocando esa corriente subterránea donde la música no busca complacer, sino revelar. Porque, como su propio líder alguna vez dijo, “en La Barranca no hacemos canciones: levantamos paisajes.”