
En la España posmovida, cuando el pop rock buscaba una nueva épica que trascendiera el hedonismo de la noche madrileña, Hombres G irrumpió con un cancionero tan insolente como pegadizo y una estética que hacía guiños a los Beatles primerizos y a la nueva ola británica. Nacidos en 1983 en Madrid —David Summers, Rafa Gutiérrez, Dani Mezquita y Javi Molina— debutaron en el templo Rock-Ola con canciones de tres minutos, estribillos indelebles y un pulso ramoniano que desbordó los márgenes de La Movida. Aquella mezcla de romanticismo juvenil y electricidad pop cristalizó en su primer álbum, Hombres G (1985), grabado a velocidad de vértigo bajo la batuta de Paco Trinidad. “Venezia” y, sobre todo, “Devuélveme a mi chica” se convirtieron en fenómenos de masas, disparando ventas y poniendo a la banda en rotación permanente en radio, TV y fotonovelas adolescentes.
El grupo, apadrinado por el olfato de Paco Martín, perfeccionó su fórmula en La cagaste… Burt Lancaster (1986): pop acelerado, giros new wave, ska de bar de madrugada y una lírica que alternaba el humor blanco con la puntería del amor contrarío. “Marta tiene un marcapasos” lideró listas, mientras el fervor fan tomaba dimensiones descomunales: firmas de discos colapsadas, persecuciones por calles y aeropuertos —el Jorge Chávez de Lima a punto de cerrarse por una multitud de 20,000—, y la Gran Vía convertida en catarsis colectiva durante los estrenos de sus películas. Sufre mamón (1987) y, después, Suéltate el pelo (1988), dirigidas por Manuel Summers, documentaron el fenómeno desde dentro: la banda como banda sonora de un país adolescente que entraba a la modernidad cantando a coro. Entre giras maratónicas por plazas de toros y estadios y una expansión fulgurante por América Latina —Perú, México, Venezuela, Colombia—, Hombres G encontró la manera de crecer sin perder el gancho. Estamos locos… ¿o qué? (1987) y Agitar antes de usar (1988) pulieron el instinto melódico con arreglos más abiertos y guiños sixties. Pero el punto de inflexión artístico llegó con Voy a pasármelo bien (1989) y Ésta es tu vida (1990): el grupo empezó a escribir desde una mirada más adulta, menos estrictamente adolescente, incorporando bossa, swing y arreglos sinfónicos (con la London Symphony), sin abandonar la alquimia de guitarra-bajo-batería que los había vuelto omnipresentes.
En 1992, tras Historia del bikini, la banda apretó el freno. A esas alturas, eran el grupo más vendedor de la década entre España y México, pero también cuatro músicos con biografías que reclamaban aire: David se lanzó en solitario, Rafa y Dani siguieron orbitando la industria, Javi se refugió en su bar Pop’n’Roll. El silencio, lejos de erosionar su legado, lo mitificó: toda una generación creció con “Te quiero”, “Temblando”, “Nassau”, “Visite nuestro bar” o “Suéltate el pelo” como soundtrack privado.
La resurrección llegó en 2002 con Peligrosamente juntos, antología con material nuevo que sirvió de prólogo a una segunda vida tan intensa como la primera. Todo esto es muy extraño (2004) devolvió a Hombres G al carril del estudio, ya con la madurez de quienes conocen el oficio y la ligereza de quien no tiene nada que demostrar. La alianza con El Canto del Loco llenó recintos a dos voces y subrayó el puente generacional: los hijos del fenómeno descubrieron en directo a los maestros. 10 (2007) llevó su nombre a los Latin Grammy y consolidó la idea de que estaban lejos de ser una banda de nostalgia. Siguieron Desayuno continental (2010), En la playa (2011), 30 años y un día (2015), Resurrección (2019) y La esquina de Rowland (2021): discos que alternan el pulso inmediato del pop con la pátina de décadas de escenario, producción cuidada y un oído todavía afinado para el estribillo certero.
Hombres G fue (y es) más que un fenómeno pop: es un código compartido entre España y América Latina. Pocas bandas han sabido mutar del grito hooligan del patio de colegio al guiño melancólico de la vida adulta sin perder la complicidad popular. Su historia empieza en unos pasillos de Televisión Española y en un bar de barrio, toma forma en singles indie con Lollipop y despega bajo Twins con la intuición de Paco Martín; luego rompe barreras con canciones que cualquiera puede tararear pero que, en su aparente sencillez, esconden una artesanía melódica impecable. La clave siempre fue sumar humor, romanticismo y ritmo con una economía de recursos que hoy se estudia como manual de pop en español.
HOMBRES G CONTINÚA DONDE EMPEZÓ: EN LA CANCIÓN. TRES MINUTOS, UN RIFF CLARO, UN BAJO ELÁSTICO, UNA BATERÍA AL FRENTE Y LA VOZ DE SUMMERS CONTANDO OTRA HISTORIA QUE PARECE SENCILLA HASTA QUE, A MITAD DEL ESTRIBILLO, ENTIENDES POR QUÉ SE QUEDA PARA SIEMPRE.
Cuarenta años después de Rock-Ola, con estadios, películas, reconocimientos y una discografía que funciona como mapa emocional de varias generaciones, Hombres G continúa donde empezó: en la canción. Tres minutos, un riff claro, un bajo elástico, una batería al frente y la voz de Summers contando otra historia que parece sencilla hasta que, a mitad del estribillo, entiendes por qué se queda para siempre. Ese ha sido siempre su superpoder: devolvernos —aunque sea por un coro— a aquel lugar donde la vida parecía, efectivamente, pasárselo bien.