G.I.T.: ENTRE EL NEW WAVE Y LA ETERNIDAD DEL ROCK ARGENTINO

En el Buenos Aires de los primeros años ochenta, cuando el rock argentino comenzaba a expandir sus fronteras sonoras después de la dictadura, tres músicos coincidieron en el momento y lugar perfectos. Pablo Guyot, Willy Iturri y Alfredo Toth eran la base rítmica que sostenía las canciones de Raúl Porchetto, un laboratorio de talentos donde se gestó algo más grande. Su sincronía era tan poderosa que Charly García, fascinado por la química del trío, los incorporó a su propia banda y grabó con ellos dos álbumes fundamentales de su etapa solista. Lo que García no imaginaba es que estaba impulsando, sin saberlo, el nacimiento de una de las agrupaciones más influyentes del rock en español: G.I.T.

El nombre —un acrónimo formado por las iniciales de sus apellidos— sonaba como la palabra hit en inglés, y no fue casualidad. En 1984 lanzaron su primer disco, G.I.T., producido por el propio Charly García, quien también apadrinó el proyecto y ayudó a moldear su identidad sonora: una mezcla de new wave, rock y pop futurista con una elegancia que anticipaba la modernidad del rock latinoamericano. El álbum, cuyo arte gráfico contenía por error los puntos entre las letras (razón por la cual fuera de Argentina se los conocería como G.I.T.), fue un éxito inmediato. Temas como “La calle es su lugar (Ana)” encendieron las radios y marcaron el comienzo de una carrera meteórica que pronto traspasaría fronteras.

Entre 1985 y 1986, G.I.T. conquistó no solo a Argentina sino también a Chile, Perú, Colombia, México, Japón y Estados Unidos. Su segundo disco consolidó su popularidad con “Siempre fuiste mi amor”, una balada que unía sensibilidad pop con guitarras brillantes. Pero sería con su tercer álbum, GIT Volumen 3 (1986), que alcanzarían la inmortalidad gracias a un himno generacional: “Es por amor”. Esa canción, melódica y etérea, se convirtió en una de las piezas más emblemáticas de toda la historia del rock latino, un clásico que aún suena en cada esquina del continente.

Con letras introspectivas, energía contagiosa y una producción de nivel internacional, el trío se consolidó como un fenómeno global. Canciones como “Buenas noches, Beirut” —una crónica antibélica cargada de sensibilidad—, “No te portes mal” y “Para Pau” mostraron una versatilidad inusual: G.I.T. podía pasar del rock visceral a la poesía pop sin perder autenticidad. En una década de excesos y egos, su sonido mantenía una pureza emocional que los separaba del resto.


G.I.T. FUE MUCHO MÁS QUE UN SUPERGRUPO DE SESIÓN: FUE EL SONIDO DE UNA ÉPOCA DONDE LA SOFISTICACIÓN SE UNIÓ CON LA URGENCIA DEL POP.


Pero la fama también cobró su precio. En 1988, en la cima de su éxito, el grupo decidió separarse, víctima del desgaste personal y del ritmo vertiginoso que los había llevado al estrellato. A pesar de las pausas, los tres nunca perdieron su conexión. Volvieron a reunirse en 1992, 2010 y 2017, demostrando que la química original seguía intacta. Ese mismo año, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires los declaró Personalidades Destacadas de la Cultura, reconociendo su legado y su contribución a la identidad sonora del rock argentino. G.I.T. fue mucho más que un supergrupo de sesión: fue el sonido de una época donde la sofisticación se unió con la urgencia del pop. En sus discos se escucha el pulso de los ochenta, pero también una sensibilidad atemporal que sigue resonando. Con su mezcla de energía, elegancia y melodía, Guyot, Iturri y Toth dejaron claro que el amor —como su canción más célebre— siempre fue, y sigue siendo, por amor.