
En una escena dominada por voces masculinas y fórmulas comerciales, Ely Guerra irrumpió como una presencia distinta: una mujer que no pedía permiso para crear, sentir y reinventarse. Nacida en Monterrey en 1972, hija del técnico de fútbol Alberto Guerra y de Gloria Vázquez, Ely creció entre mudanzas —de Monterrey a San Luis Potosí, y luego a Guadalajara— siguiendo el itinerario profesional de su padre, mientras su propio destino ya se escribía con música. Fue en Guadalajara donde descubrió su voz, una mezzo-soprano capaz de ser caricia y tormenta, y donde compuso su primera canción a los diez años.
En 1986, apenas adolescente, comenzó a cantar como corista en la banda Carmín. Pero su ambición artística la llevó pronto a la Ciudad de México, decidida a buscar una oportunidad en una industria que aún no sabía cómo encasillarla. Con solo veinte años firmó con BMG y grabó su primer disco, Ely Guerra (1992), producido en España por Teo Cardalda. El álbum, sin embargo, pasó desapercibido en un panorama poco preparado para una voz tan libre y personal. Ely no se rindió: terminó su contrato y emprendió un camino nuevo, más arriesgado y auténtico.
En 1996 se mudó a Londres para trabajar con el productor escocés Sandy McLelland en su segundo disco, Pa’ Morirse de Amor (1997). El álbum marcó su transformación: un sonido más elegante, más sensual, con canciones como “Ángel de fuego” y “Peligro” que revelaban a una artista en plena metamorfosis. Su estética —mitad sofisticada, mitad salvaje— llamó la atención de la prensa internacional. En agosto de 1998, Ely apareció junto a Julieta Venegas en la portada de la edición latinoamericana de Time, bajo el título “Las promesas del nuevo rock mexicano”.
El salto definitivo llegó en 1999 con Lotofire, grabado en Nueva York y producido por Andrés Levin. Fue su declaración de independencia, un disco que fusionó rock alternativo, electrónica, jazz y pop con una visión femenina radicalmente honesta. Canciones como “Tengo frío”, “Yo no” y “Vete” la consolidaron como una de las artistas más importantes de su generación. Dos décadas después, el diario Milenio lo describiría como “el mejor álbum jamás producido en México”. Ely había logrado lo imposible: crear un lenguaje sonoro propio, íntimo y universal a la vez.
En los años siguientes, continuó expandiendo su universo artístico. Reinterpretó clásicos como “La tumba falsa” de Los Tigres del Norte, exploró sonidos híbridos en Sweet & Sour, Hot y Spicy (2004) —por el cual recibió una nominación al Latin Grammy— y lanzó su primer disco en vivo, Teatro Metropólitan (2007). Pero su espíritu independiente la llevó a romper con las grandes disqueras y fundar su propio sello, Homey Company, con el que editó Hombre Invisible (2009). Este álbum, tejido con colaboraciones de Bunbury, Juanes y Gustavo Santaolalla, fue una joya experimental que le valió el Grammy Latino al Mejor Álbum de Música Alternativa.
La década siguiente consolidó a Ely como una figura imprescindible del arte latinoamericano. Versionó “La Llorona” con una intensidad que la volvió casi suya, participó en homenajes a Chavela Vargas junto a Eugenia León y Tania Libertad, y llevó su voz a escenarios legendarios como el Carnegie Hall y el Walt Disney Concert Hall. Cada presentación, cada nota, cada silencio de Ely era un acto de identidad. En 2011 cantó el Himno Nacional Mexicano en la clausura de los Juegos Panamericanos, y dos años más tarde lanzó Ciclos, un álbum en vivo que resumía su trayectoria hasta entonces: una carrera de constancia, valentía y arte puro.
Más allá de la música, Ely se convirtió en un símbolo de independencia creativa. Fue invitada como conferencista en UCLA como “UC Regents’ Lecturer”, donde habló sobre el poder de la mujer en el arte, la libertad de pensamiento y la conexión entre música, literatura y cine. En 2019 publicó Zion, un disco introspectivo, místico y elegante, con el que reafirmó su lugar como una de las voces más visionarias del rock alternativo latinoamericano.
Ely Guerra no pertenece a una época ni a una escena: pertenece al fuego interior de quienes crean para sanar. Con su mezcla de sutileza y fuerza, ha hecho del escenario un territorio sagrado y de la vulnerabilidad, un arma. En cada disco, Ely se desnuda, se reinventa y vuelve a empezar. Es, al final, lo que siempre fue: una artista sin miedo al silencio.
CON SU MEZCLA DE SUTILEZA Y FUERZA, HA HECHO DEL ESCENARIO UN TERRITORIO SAGRADO Y DE LA VULNERABILIDAD, UN ARMA.
Más allá de la música, Ely se convirtió en un símbolo de independencia creativa. Fue invitada como conferencista en UCLA como “UC Regents’ Lecturer”, donde habló sobre el poder de la mujer en el arte, la libertad de pensamiento y la conexión entre música, literatura y cine. En 2019 publicó Zion, un disco introspectivo, místico y elegante, con el que reafirmó su lugar como una de las voces más visionarias del rock alternativo latinoamericano.
Ely Guerra no pertenece a una época ni a una escena: pertenece al fuego interior de quienes crean para sanar. Con su mezcla de sutileza y fuerza, ha hecho del escenario un territorio sagrado y de la vulnerabilidad, un arma. En cada disco, Ely se desnuda, se reinventa y vuelve a empezar. Es, al final, lo que siempre fue: una artista sin miedo al silencio.