
En la historia reciente del rock en México, pocas bandas han sabido evolucionar con la consistencia y madurez de DLD, un grupo nacido en 1998 entre los callejones y bares de Ciudad Satélite, Estado de México, que pasó de ser un proyecto de amigos a convertirse en uno de los pilares del rock alternativo latinoamericano. Lo suyo fue una combustión lenta pero constante: una carrera forjada entre riffs honestos, letras introspectivas y una conexión genuina con su público.
La historia comenzó una noche cualquiera en el bar Urania, donde Francisco Familiar y Édgar “Pijey” Hansen coincidieron por azar. Ahí surgió la idea de formar una banda junto a Erik Neville, guitarrista con quien ya compartían escenarios en La Viuda. Lo que empezó como un experimento terminó consolidándose el 12 de noviembre de 1998, bajo un nombre que pocos olvidarían —“Dildo”—, irreverente y provocador, fiel reflejo del espíritu libre que los impulsaba.
Con influencias que iban de Café Tacvba a Los Lagartos, DLD comenzó a sonar en los circuitos underground del Valle de México hasta que, en 2003, se abrieron paso con su álbum homónimo, un debut cargado de energía juvenil y melodías pegajosas. Canciones como “Noches de vinil”, “Pagarás” y “Loco corazón” se convirtieron rápidamente en himnos de una generación que buscaba un sonido propio dentro del rock nacional.
Su segundo álbum, lanzado en 2005, los llevó por primera vez fuera del país. En una gira por Estados Unidos, DLD se presentó en The Roxy Theatre de Los Ángeles, confirmando su potencial internacional. Un año después, representaron a México junto a Jaguares y Nortec en el festival Rock al Parque de Bogotá, uno de los eventos más importantes del continente.
Fue entonces cuando decidieron cambiar su nombre a DLD, una abreviatura que mantuvo el espíritu original sin cargar con las connotaciones incómodas de su primera etapa. Bajo esa nueva identidad, lanzaron en 2007 un tercer disco que mostraba una madurez sonora y emocional, con temas como “Un vicio caro es el amor” y “Ventura”.
El ascenso continuó con Por Encima (2009), un álbum que reafirmó su capacidad para combinar intensidad y melodía. En esta época, DLD comenzó a llenar recintos como el Salón 21 y a ganarse un espacio definitivo en los grandes festivales. Sin embargo, sería su quinto material, Primario (2012), el que los catapultaría a otro nivel. Producido por Armando Ávila y mezclado por Chris Lord-Alge —colaborador de The Rolling Stones y Madonna—, el disco incluyó éxitos como “Arsénico”, “Viernes” y “Todo cuenta”, tema con el que obtuvieron nominaciones al Latin Grammy por Mejor Álbum Pop/Rock y Mejor Canción de Rock. El álbum vendió más de 30,000 copias, alcanzando el Disco de Oro en México.
El éxito de Primario culminó con un sold out en el Auditorio Nacional, un logro reservado para las grandes ligas del rock nacional. DLD demostró que era más que una banda: era una voz generacional. Con su siguiente trabajo, Futura (2015), consolidaron esa posición. Grabado entre Cancún y el Estado de México, el disco mostró un sonido más pulido y reflexivo, sin perder la potencia de su raíz alternativa. Temas como “Estaré” y “Sigo siendo yo” reflejaban una madurez emocional que resonó con miles de fans. Ese mismo año repitieron la hazaña con un Palacio de los Deportes completamente lleno, confirmando su estatus de fenómeno nacional.
HOY, CON OCHO DISCOS DE ESTUDIO Y UNA LEGIÓN DE SEGUIDORES, DLD REPRESENTA LA RESISTENCIA DE UN ROCK MEXICANO QUE SE NIEGA A DESAPARECER.
En 2020, la banda regresó con Transcender, un álbum grabado nuevamente con Armando Ávila que los llevó a realizar tres conciertos gratuitos en un mismo día, recorriendo la Ciudad de México y el Estado de México —un gesto de gratitud hacia el público que los vio nacer. Ese mismo año se presentaron como uno de los headliners del Vive Latino, demostrando que su energía seguía intacta tras más de dos décadas de carrera. Hoy, con ocho discos de estudio y una legión de seguidores, DLD representa la resistencia de un rock mexicano que se niega a desaparecer. Han pasado de los bares de Satélite a los grandes escenarios, manteniendo siempre la misma esencia: guitarras que sangran, letras que curan, y una convicción inquebrantable de que el rock aún tiene mucho que decir.