
En la Buenos Aires de finales de los sesenta, cuando el rock en español apenas asomaba la cabeza entre los ecos del beat británico, un joven poeta llamado Miguel Peralta —quien más tarde adoptaría el nombre de Miguel Abuelo— irrumpió en la escena bohemia de La Cueva, un club donde músicos, soñadores y disidentes compartían el deseo de una identidad sonora propia. De esa efervescencia nacería en 1967 Los Abuelos de la Nada, una banda que se convertiría en una de las piedras angulares del rock argentino, símbolo de creatividad, rebeldía y renovación constante.
El mito comenzó casi por accidente. Miguel, sin banda todavía formada, consiguió una entrevista con el productor Ben Molar y, para no dejar pasar la oportunidad, inventó un grupo que aún no existía. Lo llamó Los Abuelos de la Nada, inspirado en una frase del escritor Leopoldo Marechal. Poco después reunió a músicos como Claudio Gabis, Héctor “Pomo” Lorenzo y los hermanos Lara, dando vida a un proyecto que mezclaba psicodelia, poesía y la energía eléctrica del momento. Su primer sencillo, “Diana divaga”, marcó el inicio de un viaje experimental que desafiaba los moldes comerciales.
Con la llegada de Norberto “Pappo” Napolitano, el sonido viró hacia el blues, y Miguel Abuelo se distanció para explorar nuevos horizontes. El grupo se disolvió, pero su espíritu sobrevivió en los márgenes del under porteño. Durante la década de los setenta, Abuelo viajó a Europa, vagando por España y Francia, escribiendo canciones, poesía y buscando un nuevo sentido a su arte.
Una década después, el destino lo llevó de regreso a la Argentina. De la mano del bajista Cachorro López y con el joven talento de Andrés Calamaro, Los Abuelos de la Nada renacieron en los ochenta como una banda completamente distinta, más pulida pero igual de inconforme. Se sumaron Gustavo Bazterrica en guitarra, Daniel Melingo en saxofón y Polo Corbella en batería. En plena posguerra de Malvinas, cuando las radios argentinas dejaron de transmitir música en inglés, Los Abuelos encontraron su momento. Canciones como “No te enamores nunca de aquel marinero bengalí” y “Sin gamulán” resonaron con una generación que buscaba nuevas voces y libertades.
Con el impulso de Charly García —quien los apadrinó y compartió escenario con ellos—, Los Abuelos lanzaron una trilogía esencial: Los Abuelos de la Nada (1982), Vasos y besos (1983) y Himno de mi corazón (1984). En esos discos, el grupo equilibró el ingenio de Calamaro con la energía mística de Abuelo. “Mil horas”, “Costumbres argentinas” y “Himno de mi corazón” se convirtieron en himnos urbanos, retratos del desencanto y la esperanza de los ochenta.
Pero el éxito también trajo fracturas. La rivalidad creativa entre Miguel y Andrés, los excesos y la fatiga de las giras comenzaron a desgastar al grupo. En 1985, tras un último concierto en el estadio de Vélez Sarsfield —recordado tanto por la lluvia como por una botella que golpeó a Abuelo en el rostro—, la banda se disolvió definitivamente.
Aun así, Miguel no se rindió. En 1986 regresó con una nueva formación y el disco Cosas mías, donde plasmó una madurez lírica y espiritual que lo reafirmó como figura esencial del rock poético. Pero su tiempo se agotaba. En 1987, tras una operación, fue diagnosticado con VIH. Falleció poco después, a los 42 años, dejando una herencia musical y humana que trascendió generaciones.
EN LOS AÑOS SIGUIENTES, EXINTEGRANTES COMO CALAMARO, CACHORRO LÓPEZ Y MELINGO SIGUIERON CAMINOS PROPIOS, EXPANDIENDO EL LEGADO DE AQUELLA BANDA QUE ALGUNA VEZ NACIÓ DE LA NADA Y TERMINÓ SIENDO PARTE DE TODO.
Los Abuelos de la Nada siguieron vivos en la memoria colectiva, y sus canciones se convirtieron en parte del ADN del rock argentino. En los años siguientes, exintegrantes como Calamaro, Cachorro López y Melingo siguieron caminos propios, expandiendo el legado de aquella banda que alguna vez nació de la nada y terminó siendo parte de todo. Décadas después, temas como “Lunes por la madrugada” y “Himno de mi corazón” siguen sonando, incluso en películas como Argentina, 1985, recordándonos que Los Abuelos fueron mucho más que una banda: fueron una revolución emocional que le dio alma al idioma del rock.