BY JANIN AYALA FELIX | MARZO 28, 2025 | ÁLBUMES
ASÍ ES NOVELA: FITO PÁEZ Y LA ÓPERA ROCK QUE ESPERÓ TREINTA Y CINCO AÑOS PARA NACER
Hay discos que se escriben en un puñado de meses, con la urgencia de capturar un momento específico de una vida o de una época. Y hay discos que se gestan durante décadas, que se convierten en obsesiones persistentes, ideas que se niegan a desaparecer y que acompañan al artista como una sombra creativa a lo largo de su recorrido. Novela, el nuevo y monumental trabajo de Fito Páez, pertenece radicalmente a esta segunda categoría. No es un capricho tardío ni una obra circunstancial: es la culminación del proyecto más largo, más ambicioso y más íntimo de la historia del rock argentino.
Su origen se remonta a 1988, cuando Páez, en paralelo a la escritura de Napoleón y su tremendamente emperatriz, su libro de conversaciones con el sociólogo Horacio González, comenzó a imaginar una obra que pudiera unir su pasión por la narrativa con su vocación musical. En aquellas charlas ya se transparentaba su inclinación hacia un pensamiento sin compartimentos. Bukowski, Breton, Marx, Nietzsche, Freud, Foucault, Baudelaire, Artaud o Saer convivían en su universo mental sin jerarquías. “En todos lados hay filosofía. Todo rinde”, decía Fito por entonces, aclarando que jamás se vio como un intelectual, sino como alguien seducido por la potencia de la novela antes que por los tratados teóricos. Ese impulso narrativo, esa necesidad de contar historias antes que ideas puras, fue sembrando lo que hoy se materializa en Novela.
Lo que en aquellos años solo era un boceto tomó la forma definitiva más de tres décadas después, durante buena parte de 2024, cuando el rosarino se dedicó de lleno a componer, producir y grabar esta obra colosal que ve la luz en 2025. Novela no es simplemente un álbum doble o una recopilación extendida: es una ópera rock contemporánea, abiertamente inspirada en Quadrophenia de The Who, el clásico conceptual de 1973 que funcionó como referencia estética y narrativa para Páez. Y si el paralelo parece ambicioso, basta con sumergirse en la obra para comprender que estamos ante una construcción de una escala similar, adaptada al idioma emocional del rock latino.
La historia se sitúa en Villa Constitución, un pueblo de la provincia de Santa Fe convertido en escenario simbólico de algo mucho más vasto: una fábula donde lo local y lo universal se funden bajo un velo de surrealismo y realismo mágico. Páez ejerce aquí un regionalismo crítico, valiéndose de referencias concretas para abrir una reflexión mayor sobre las emociones humanas, los secretos sociales, los poderes ocultos y, por encima de todo, el amor como fuerza indescifrable.
La narración se inicia en la Universidad Brujeril Prix, definida como una “meca de la brujería en lejanas dimensiones”. La voz de Lorena Vega, actriz que Páez descubrió en Madrid durante la obra Las cautivas, oficia de relatora principal, presentando la misión central: las estudiantes Maldivina y Turbialuz deben aprobar el examen más difícil impuesto por la rectora Rectitud Martirius: lograr la concreción de un romance perfecto. La amenaza es clara: la autoridad del sistema brujeril pretende que fracasen. A partir de ese mandato se despliega toda la trama, que se entrelaza con la llegada de un circo pobre itinerante al pueblo y el encuentro inevitable de dos adolescentes, Loka, hija de ese circo errante, y Jimmy, un joven huérfano que vive con su tía Charito y lidera una banda de rock como forma de sobrevivir al mundo.
El relato no avanza como un cuento lineal y simple. Cada canción funciona como un capítulo autónomo que aporta piezas al rompecabezas general. Hay una galería exuberante de personajes secundarios, un prostíbulo con su propia madama, conspiradores, secretos a medias, culpas enterradas. Todo se despliega en una atmósfera que recuerda al universo visual de Tim Burton, con una imaginería de carnaval gótico y ternura oscura que se tuvo muy presente incluso en el videoclip de “Cuando el circo llega al pueblo”, uno de los primeros adelantos del álbum.
Musicalmente, Páez traza un mapa de referencias que dialoga con toda su historia sonora. En la presentación de Maldivina y Turbialuz, por ejemplo, asoma el pulso rock de sus viejas canciones uptempo, evocando inevitablemente “Dos días en la vida”. En “Cuando el circo llega al pueblo” conviven ecos del órgano dylaneano de “Like a Rolling Stone”, pinceladas sinfónicas a lo Stravinsky y melancolías beatle. Cada tema amplía el espectro del relato.
“Cruces de gin en sal” ofrece un intimismo elegante donde la épica se insinúa en el detalle. “Miss Understood” es una pieza preciosista de lirismo puro y doble sentido. “Balas y flores” configura una balada jazzy sostenida por las escobillas sutiles de Ian Thomas, abonando una atmósfera nocturna exquisita. “Argentina es una trampa” regresa al rock frontal, casi testimonial, con resonancias de “No llores por mí, Argentina” de Serú Girán, relatando el conflicto entre el circo y la comunidad del pueblo.
La producción es tan grandiosa como minuciosa. Fito Páez, junto a Gustavo Borner y Diego Olivero, logra una arquitectura sonora que permite transitar desde pasajes íntimos de piano y voz hasta verdaderas masas orquestales sin perder coherencia emocional. El elenco instrumental incluye a miembros habituales de su banda, como Juan Absatz, Carlos Vandera, Juani Agüero y Mariela Vitale, además de músicos sesionistas internacionales como Adam Goldsmith y Hugh Webb. A esto se suman aportes claves: la voz de Coki Debernardi, los metales de Sudestada Horns y la imponente Magical and Mistery Novel Orchestra, que da identidad sinfónica al universo del disco.
Uno de los momentos más reveladores de este entramado artístico se vincula a “El vuelo”, canción cuyo nacimiento dialoga con la pintura “Vuelo de brujas” de Francisco de Goya, que Páez recorrió en el Museo del Prado. En esa obra, la inquietud visual se traduce en un clima sonoro inquietante, marcado por tensiones armónicas que reflejan lo ominoso de la escena.
Hacia el desenlace, aparecen piezas de una carga emocional contundente. “Aceptémoslo” describe el caos colectivo evocando una devastación simbólica que remite incluso a la plaza bombardeada del 55 argentino. “Los corazones necesitan amar” emerge como un oasis de esperanza, uno de los comienzos más bellos que Páez haya compuesto en la última década. “Julius perdiéndolo todo” es un tango íntimo de piano y voz, cargado de melancolía a la Tom Waits. Y finalmente “Sale el sol” funciona como un gran cierre coral, un himno luminoso que recuerda al “Let The Sunshine In” de Hair, donde las trompetas celebran la victoria del amor en medio de tiempos oscuros.
El final es explícito y conmovedor. “Hoy el amor ganó la partida. La vida, por instantes, también puede ser maravillosa. Qué bello es vivir”. Dos citas resuenan implícitas: por un lado, “Vitoriosa” de Iván Lins; por otro, el espíritu humanista del clásico de Frank Capra. Es la clausura perfecta para una obra que, más que cerrar un ciclo, demuestra la vocación inquebrantable de Páez por seguir creyendo en la potencia transformadora de las canciones.
Novela es más que un disco: es un manifiesto artístico contra la fugacidad de la época, una apuesta por la escucha consciente y por el relato expandido. Treinta y cinco años esperando ver la luz para convertirse en una obra viva, que confirma a Fito Páez no solo como un músico fundamental, sino como uno de los grandes contadores de historias del rock en español.
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