LOS PRISIONEROS: TREN AL SUR HACIA LA LEYENDA

Los Prisioneros no solo fueron una banda de rock nacida en San Miguel en 1982, fueron la chispa que encendió una conciencia colectiva en plena noche dictatorial. Con un ADN hecho de new wave, punk británico a lo Clash, ecos de rockabilly, reggae, ska y más tarde sintetizadores de manufactura casera, el trío original de Jorge González, Claudio Narea y Miguel Tapia transformó la desobediencia juvenil en canciones coreables que cruzaron fronteras aun cuando la radio y la televisión chilenas intentaron silenciarlos. Entre 1985 y 1990 su música fue prohibida en los grandes medios, pero siguió rodando en cassettes regrabados, en patios escolares y en buses, como una contraseña compartida que unía barrios, clases sociales y generaciones.

La historia arranca en el Liceo 6 de San Miguel, con amistades que se forjan entre clases, bandas efímeras y un humor lúcido que ya asomaba en las primeras composiciones. El nombre definitivo llega para enunciar una realidad, Los Prisioneros, y con él La voz de los 80, debut independiente vía Fusión Producciones. El álbum tarda en romper el cerco hasta que EMI lo relanza en 1985 y el boca a boca hace su parte, primero en Chile, luego en Perú y más allá. La economía de recursos es su estética, bajo y caja marcial, guitarras que cortan el aire, coros que clavan la idea en la memoria, letras filosas contra la desigualdad, el clasismo, el cinismo educativo, la cultura del consumo.

Con Pateando piedras en 1986 y La cultura de la basura en 1987, el grupo acelera la modernización de su sonido. González empuja hacia los sintetizadores influido por el ascenso global del synth pop, Depeche Mode como pista de aterrizaje, mientras el trío conserva el pulso de protesta en canciones que se vuelven patrimonio continental. ¿Por qué no se van?, Muevan las industrias, y sobre todo El baile de los que sobran, se canonizan como consignas melódicas. Ese baile, un retrato de la promesa rota de la educación y el empleo, se convierte décadas después en canto masivo durante las protestas chilenas de 2019.

La popularidad crece a fuerza de giras intensas por Chile y Sudamérica y de una ética de trabajo que no pide permiso. Pero la tensión interna también sube. En 1988, mientras graban La cultura de la basura, aparecen fisuras creativas y logísticas, y al mismo tiempo la banda se posiciona públicamente contra el régimen. El anuncio de que votarían No en el plebiscito abre otra grieta con el establishment, caen fechas, aparecen otras, se consolidan plazas como Perú, Bolivia, Colombia. En 1990, en Los Ángeles, con Gustavo Santaolalla en la producción, Los Prisioneros completan Corazones, su disco más sofisticado y electrónico, romántico en la superficie, social en las corrientes profundas. La salida de Claudio Narea, detonada por quiebres personales y artísticos, reconfigura el proyecto con el ingreso de Cecilia Aguayo y Robert Rodríguez. El álbum crece lento hasta volverse triple platino, al tiempo que el trío original se disuelve y anuncia una despedida que culmina en 1992.

La leyenda no se apaga en los años 90. Al contrario, se expande con reediciones, tributos y compilaciones que reafirman la influencia del grupo en el llamado Nuevo Pop Chileno. Los Prisioneros vuelven en 2001 y baten récords con dos estadios nacionales repletos, casi 150 mil personas en total, una demostración emocional del tamaño de su huella. El álbum de regreso de 2003 recupera el filo político en pleno clima de polarización global, aunque las tensiones personales reaparecen y Narea sale otra vez. Con invitados como Álvaro Henríquez, y luego con Sergio Coty Badilla y Gonzalo Yáñez, el grupo encara una etapa final que incluye un disco de covers grabado en radio, el sexto álbum Manzana y una gira extensa por América que cierra en Caracas en 2006.

MÁS ALLÁ DE RUPTURAS Y REENCUENTROS, DE ETAPAS Y FORMACIONES, LOS PRISIONEROS INSTITUYERON UNA FORMA DE ENTENDER EL ROCK EN ESPAÑOL COMO HERRAMIENTA CULTURAL, POLÍTICA Y EMOCIONAL.


La discografía de Los Prisioneros es también un mapa de la transición tecnológica y afectiva de la juventud latinoamericana, de la guitarra barata al sintetizador doméstico, del fanzine a la MTV, del mito callejero a la leyenda editorial. Canciones como La voz de los 80, Tren al sur, Muevan las industrias y El baile de los que sobran sobreviven a cualquier coyuntura porque condensan una memoria compartida. Corazones, señalado por la crítica como uno de los grandes discos latinoamericanos, testimonia que el riesgo artístico y la melodía pop pueden convivir con la denuncia y la introspección. Más allá de rupturas y reencuentros, de etapas y formaciones, Los Prisioneros instituyeron una forma de entender el rock en español como herramienta cultural, política y emocional. Dejaron atrás la estampa folklórica de los sesenta para proponer otro canon urbano, acelerado, mestizo. Su influencia se lee en bandas que abrieron camino en Chile y en el continente, y su pulso sigue latiendo en plazas, aulas y calles donde, cada tanto, alguien vuelve a cantar que esto no era lo prometido y que todavía hay que patear piedras para abrir camino.