JOSÉ MANUEL AGUILERA: MÚSICA PARA LOS QUE MIRAN EL ABISMO

José Manuel Aguilera es uno de los guitarristas y compositores más singulares del rock mexicano. Nacido en Guadalajara en 1959, su obra ha transitado entre la poesía urbana, la experimentación sonora y una constante búsqueda espiritual dentro del ruido. Dueño de un estilo inconfundible —melódico, atmosférico, siempre al borde de la introspección—, Aguilera ha sido pieza fundamental de proyectos que marcaron distintas eras del rock nacional: Sangre Asteka, Nine Rain, Jaguares, y, sobre todo, La Barranca, su criatura más personal y duradera.

Su historia comienza en los márgenes de Ciudad Satélite, donde formó su primera banda, El Fracaso, junto a sus primos y el guitarrista Luis Arteaga. Aquella adolescencia de garajes y distorsión sería la semilla de una carrera guiada por la curiosidad más que por la ambición comercial. En 1986, el joven músico asistió como espectador a un concierto de Sangre Asteka en el Museo del Chopo; al año siguiente, el acordeonista Humberto Álvarez lo invitó a unirse al grupo. Con ellos comenzó a desarrollar esa mezcla de rock, jazz, música tradicional mexicana y atmósferas rituales que más tarde se convertiría en su sello.

Su sensibilidad literaria y su oído para la ciudad lo llevaron a colaborar en 1994 con Jaime López en el mítico álbum Odio Fonky: Tomas de buró, considerado una de las obras más urbanas y poéticas del rock mexicano. De ese disco nació Chilanga Banda, un relato lírico y sarcástico sobre la vida capitalina, que más tarde Café Tacuba transformaría en himno. Odio Fonky retrataba, como pocos trabajos, el pulso de una metrópoli en decadencia y resplandor: “una obra con sabor a pavimento, neón, tráfico y bohemia”, diría el crítico Hugo García Michel. En 1996, Aguilera unió fuerzas con Saúl Hernández y Federico Fong para fundar Jaguares, el renacer espiritual de Caifanes. Su guitarra aportó a El equilibrio de los Jaguares una textura más experimental, más oscura, y según Los Angeles Times, fue precisamente su toque lo que le dio al grupo “su filo más cortante”. Sin embargo, la pulsión creativa de Aguilera lo llevó a seguir su propio camino.

Ya en 1994 había comenzado un proyecto paralelo con Fong: La Barranca. Lo que empezó como una exploración libre del sonido se convirtió en una de las bandas más respetadas del rock mexicano. El fuego de la noche (1996) y Tempestad (1997) sentaron las bases de una estética profunda, poética y cinematográfica, donde las guitarras dialogan con la melancolía de Agustín Lara, la crudeza de José Alfredo Jiménez y el lirismo de Álvaro Carrillo. Aguilera entendió el rock no como una forma de rebeldía, sino como una extensión natural de la canción mexicana: un vehículo para la emoción, la literatura y el pensamiento.


JOSÉ MANUEL AGUILERA ES, EN DEFINITIVA, UN ALQUIMISTA DEL SONIDO. UN HOMBRE QUE HA HECHO DEL DESASOSIEGO UNA MELODÍA Y DE LA MELANCOLÍA, UNA FORMA DE VIDA.


Su música, moldeada por la lectura de Juan Rulfo, Yukio Mishima y Yasunari Kawabata, así como por el cine de Akira Kurosawa, evoca imágenes antes que estribillos. En cada acorde hay una historia, en cada silencio, una atmósfera. Colaborador de artistas como Julieta Venegas, Cecilia Toussaint, Ely Guerra y Lila Downs, Aguilera ha mantenido una coherencia artística que lo coloca en una liga aparte: la de los que entienden el arte como resistencia, como introspección, como fuego que nunca se apaga. José Manuel Aguilera es, en definitiva, un alquimista del sonido. Un hombre que ha hecho del desasosiego una melodía y de la melancolía, una forma de vida. En su guitarra, el rock mexicano encontró algo más que distorsión: encontró profundidad, misterio y poesía.