
Saúl Hernández no solo es una de las voces más reconocibles del rock mexicano. Es también uno de sus narradores más inquietantes, un poeta callejero marcado por la tragedia temprana y por una capacidad casi profética para convertir el dolor en himnos generacionales. Su historia comienza en la Colonia Guerrero, en el corazón convulso de la Ciudad de México, donde nació el 15 de enero de 1964 y donde, siendo todavía niño, perdió a su madre. Ese vacío, esa primera confrontación con la muerte, terminaría convirtiéndose en la sombra que habita buena parte de su obra. En los discos de Caifanes y Jaguares no solo late una visión musical, sino una biografía emocional escrita a golpes de duelo, resistencia y búsqueda espiritual.
Antes de convertirse en el rostro de Caifanes, Saúl se probó como alquimista sonoro en Las Insólitas Imágenes de Aurora, una banda que parecía más un experimento místico que un proyecto formal y que sirvió de cimiento creativo para lo que vendría. Cuando el demo de Las Insólitas comenzó a circular por la escena subterránea de la capital, el ambiente ya estaba listo para una mutación. En cuanto Saúl convocó a Alfonso André en la batería, a Sabo Romo en el bajo y a Diego Herrera en los teclados, Caifanes tomó forma. Más tarde, Alejandro Marcovich completaría el cuarteto con su guitarra filosa.
El debut de Caifanes ocurrió el 11 de abril de 1987 en Rockotitlán, un foro que funcionaba como lanzadera de nuevas propuestas. Esa noche cambió las reglas del juego. La banda salió vestida de negro, con un aura teatral que desentonaba con el pop radiante de la época. Lo que siguió fue una especie de sacudida colectiva. La oscuridad, el misticismo, los arreglos de rock alternativo y la poesía críptica de Saúl conectaron con un público hambriento de algo distinto. El mito comenzó ahí.
Con Caifanes, Hernández llevó al rock mexicano a un territorio emocionalmente más profundo. Sus letras hablaban de heridas abiertas, de amor como sacrificio, de ciudades espectrales y de una espiritualidad rota. Con cada álbum consolidó su reputación como un compositor capaz de escribir canciones que funcionan como plegarias modernas. Sin embargo, la historia del grupo no siempre fue luminosa. Tensiones internas llevaron al inevitable quiebre y, a mediados de los noventa, Caifanes dejó de existir.
Pero Saúl no sabía estarse quieto. A finales de 1995 formó Jaguares junto a Alfonso André, el bajista Federico Fong y el guitarrista José Manuel Aguilera. La transición no fue un reemplazo, sino una reconfiguración emocional. Cuando Aguilera dejó el proyecto, César Vampiro López tomó la guitarra líder y se convirtió en pieza esencial dentro del sonido más rockero y expansivo de Jaguares. Desde su nacimiento, la banda no tardó en consolidarse como uno de los actos más influyentes del rock en español, abriendo nuevos caminos sin perder el dramatismo lírico que caracterizaba a Saúl.
En 1996, Hernández mostró otra faceta inesperada al grabar Ki Kounti, un dueto con el cantante argelino Khaled. La mezcla de árabe y español abrió un puente entre mundos, una prueba más de la inquietud artística del músico mexicano.
La historia dio un giro inesperado en 2010, cuando Saúl volvió a reunirse con Alejandro Marcovich. Tras años de distanciamiento, ambos anunciaron el regreso de Caifanes para Vive Latino 2011. La noticia fue un terremoto emocional para toda una generación. La banda volvió a los escenarios con la misma intensidad, recuperando un lugar que jamás se les había arrebatado del todo en la memoria colectiva.
En enero de 2019, llegó otro gesto para los nostálgicos: Jaguares también regresaría, aunque fuera por una sola noche, para tocar en el Machaca Fest en Monterrey. El círculo parecía cerrarse y abrirse al mismo tiempo. Dos vidas, dos bandas, una sola voz.
CANCIONES QUE SE CANTAN EN ESTADIOS Y TAMBIÉN EN HABITACIONES SOLITARIAS, CON LA MISMA FUERZA. SAÚL HERNÁNDEZ ES PARTE ESENCIAL DEL ADN DEL ROCK MEXICANO.
Enrique Lopetegui escribió alguna vez que Saúl Hernández nunca fue un gran cantante en el sentido técnico. Tal vez por eso su entrega importa tanto. Lo que sí fue y sigue siendo es un intérprete de intensidad radical, dueño de un timbre inconfundible, de una sensibilidad poética y de una habilidad extraña para escribir canciones que suenan como si siempre hubieran existido. Canciones que se cantan en estadios y también en habitaciones solitarias, con la misma fuerza. Saúl Hernández es parte esencial del ADN del rock mexicano. Su obra es una exploración permanente del miedo, la pérdida, la furia, el amor y la espiritualidad. Lo que empezó en la Colonia Guerrero se convirtió en un legado que aún se sigue escribiendo, canción por canción, escenario por escenario, vida tras vida.