
En la memoria de muchos millennial latinoamericanos hay una imagen clara: una chica de mirada intensa que aparecía en telenovelas infantiles y películas juveniles, y que de pronto, a los veintitantos, irrumpió en la radio con una canción llamada Vidas paralelas que sonaba sofisticada, extraña y peligrosamente honesta. Esa transición, de niña actriz televisiva a referente del pop alternativo en español, tiene nombre y apellido: Ximena Sariñana.
Nació en Guadalajara en 1985, pero su verdadera escuela fue la Ciudad de México y los sets de filmación. Hija del director Fernando Sariñana y de la guionista Carolina Rivera, creció entre cámaras, libretos y mesas de edición. Antes de que muchos supieran pronunciar su nombre, ya había pasado por telenovelas como Luz Clarita, María Isabel y Gotita de amor, y por películas como Hasta morir, El segundo aire, Amarte duele y Niñas mal, casi siempre bajo la batuta creativa de sus padres. En paralelo, otra película se proyectaba en silencio: la de una niña que, con dos años de edad, vio a Ella Fitzgerald en vivo y quedó marcada para siempre. A partir de ahí llegaron Paul Simon, Tracy Chapman, clases de canto con Ricardo Sánchez, piano con Hanna Cot y una certeza prematura: su vida iba a estar atravesada por la música.
Su adolescencia fue un laboratorio silencioso. Mientras encarnaba personajes en cine y televisión, estudiaba en la Academia de Música Fermatta y luego conseguía una beca en el Berklee College of Music. A los diecisiete ya escribía canciones para la banda sonora de Amarte duele y cantaba El triste en televisión como si estuviera reescribiendo un clásico de José José desde la sensibilidad de una nueva generación. Al mismo tiempo se fogueaba con su banda de funk jazz y pop rock, Feliz No Cumpleaños, y grababa un primer EP, La familia feliz. La actriz infantil empezaba a desvanecerse y emergía una compositora con ambición propia.
El verdadero punto de quiebre llegó en 2008 con Mediocre. Grabado en Buenos Aires y Uruguay junto a Tweety González y Juan Campodónico, el disco era todo menos mediocre: un pop sofisticado, con arreglos cuidados y letras que desarmaban el mandato de la “chica perfecta” que la televisión había ayudado a construir. Canciones como Vidas paralelas, Normal y No vuelvo más la colocaron inmediatamente en otra liga. El álbum fue oro y luego platino en México, obtuvo una calificación altísima en revistas como Rolling Stone y una nominación al Grammy en la categoría de Mejor Álbum de Rock Latino o Alternativo. Los videos filmados en Islandia, el remix de Metronomy a La tina y el aura indie que la rodeaba contrastaban con su pasado televisivo. Ximena se había convertido de golpe en la cara de un nuevo pop mexicano, culto y accesible al mismo tiempo.
La industria hizo lo que sabe hacer cuando huele talento exportable: empujó hacia el crossover. Entre 2009 y 2011 Ximena se mudó creativamente al inglés. Grabó su álbum homónimo Ximena Sariñana, trabajado en Ciudad de México, Los Ángeles y Miami, con producción compartida entre ella, Natalia Lafourcade y Greg Kurstin. El disco dejó atrás el pop acústico refinado de Mediocre y se movió hacia un electropop elegante, con sencillos como Different y Shine Down. Giró como telonera de Sara Bareilles en el Kaleidoscope Heart Tour, se presentó en Coachella, Lollapalooza y festivales como la Latin Alternative Music Conference en Nueva York. Mientras una parte de la crítica cuestionaba el giro comercial, otra subrayaba algo más importante: Ximena escribía sus propias canciones, en otro idioma, sin perder del todo su sello emocional.
Entre tour y tour, su voz se filtraba por todos lados. Cantó con Jason Mraz la versión en español de Lucky, puso su sello a Mis sentimientos junto a Los Ángeles Azules, se sumó a Aire soy en el álbum Papitwo de Miguel Bosé, colaboró con Alex Wong en Oceanside y se sumergió de lleno en el universo experimental de Omar Rodríguez López, grabando voces para discos como Xenophanes o Solar Gambling. Era la prueba de que podía moverse entre el pop radial, el nu jazz, la cumbia orquestada y el rock de vanguardia sin perder identidad.
En 2014 regresó de lleno al español y a México con No todo lo puedes dar. Grabado entre Ciudad de México y Los Ángeles, y producido junto a Alejandro Rosso de Plastilina Mosh, el disco tiene el pulso de alguien que vuelve a casa con más cicatrices y más recursos. Ximena decía que tuvo que “reaprender a escribir en su lengua natal” y ese esfuerzo se nota en canciones como Sin ti no puede estar tan mal o La vida no es fácil, donde el pop se tiñe de texturas alternativas y una melancolía luminosa. La reedición del álbum, los conciertos en el Metropólitan y la colaboración con proyectos sociales como Un Techo para mi País marcaron una etapa más consciente, más política, menos ansiosa por encajar.
La Ximena de la segunda mitad de los 2010 ya no era solo la cantautora de culto. Era comentarista en los Juegos Olímpicos de Río para Claro Sports, juez en el programa México tiene talento, Agente de Cambio MTV en campañas con la ONU y una voz cada vez más firme en temas de feminismo e igualdad de género en la industria. Al mismo tiempo seguía actuando, como en la serie Un día eres joven, y prestando su voz a proyectos benéficos como Resistiré México. Su figura empezaba a desbordar el molde clásico de la popstar para convertirse en un símbolo transversal de la cultura pop mexicana.
En 2019 llegó el golpe más arriesgado y quizá más importante de su carrera: ¿Dónde bailarán las niñas?. El título dialoga de frente con dos tótems del pop rock mexicano, ¿Dónde jugarán los niños? de Maná y ¿Dónde jugarán las niñas? de Molotov, pero Ximena no está pensando en estadios de rock sino en pistas de baile donde las mujeres puedan moverse sin pedir permiso. Producido por el colombiano Juan Pablo Vega y grabado entre Ciudad de México, Los Ángeles y Medellín, el disco abraza sin pudor ritmos cercanos al reguetón y al urbano en temas como ¿Qué tiene?, Lo bailado, Si tú te vas o Cobarde. Le llovieron críticas por “irse al reguetón”, pero ella respondió con baile, letras filosas y una postura clara: la autenticidad no se mide por el BPM. El álbum le valió nominaciones al Latin Grammy en categorías mayores como Grabación del Año y Álbum del Año. Mientras tanto, Ximena recorría Latinoamérica de gira con su hija Francia a cuestas, encarnando en carne propia el discurso de conciliación entre maternidad, arte y autonomía.
La pandemia no frenó su impulso creativo. En 2020 publicó el sencillo TBT4 EVER, producido en Bogotá por Yera y coescrito con Danny Ocean, un viaje nostálgico por los amores platónicos que mira al pop urbano con sofisticación. Ese mismo año se sumó al tema colectivo Resistiré México y fue reconocida por MTV por su trabajo social. Sus colaboraciones de largo aliento, como la que finalmente vio la luz con McFly en Those Were The Days dentro del proyecto The Lost Songs, confirmaron que su voz tenía ya un carácter global.
En 2021 lanzó Amor adolescente, quizá el concepto más delicadamente articulado de su discografía. El álbum nació de entrevistas con adolescentes sobre sus historias de amor, de la necesidad de revisitar esa época intensa y nostálgica desde la distancia adulta. Con colaboraciones de María Ruzzi, Tessa Ía, Llane y Flor de Toloache, el disco mezcla pop, rock, ritmos latinos y guiños al mariachi. Incluye interludios con testimonios de jóvenes, himnos íntimos como El amor más grande y piezas autobiográficas como Diva, donde ella misma dialoga con la Ximena adolescente que empezó a trabajar cuando otros apenas entraban a la secundaria. No es casual que detrás de la producción y la composición haya un equipo con fuerte presencia femenina. Parte del manifiesto del disco es justamente ese: que más mujeres ocupen puestos creativos en una industria históricamente copada por hombres.
Lejos de acomodarse, Ximena siguió soltando música en formatos más flexibles. Al EP Six Pack de 2010 se sumó en 2024 Ojos diamante, una especie de puente entre todo lo que ha sido y lo que le falta por explorar. Entre tanto, su vida personal se mantiene bajo perfil, pero se deja filtrar en su obra. Su matrimonio con el músico y productor Rodrigo Rodríguez, el nacimiento de su hija Franca, el duelo por el ataque a su equipo en 2023 donde su mánager perdió un ojo, y el ir y venir entre Ciudad de México y Los Ángeles, todo se convierte en combustible creativo para una artista que entiende el amor como decisión consciente más que como accidente romántico.
FUE NIÑA ACTRIZ, VILLANA DE TELENOVELA, MUSA DEL CINE JUVENIL, VOZ INVITADA EN PROYECTOS EXPERIMENTALES, CANTAUTORA PREMIADA, JUEZA DE TALENTO, ACTIVISTA Y MADRE EN GIRA.
Hoy, cuando se repasa la historia reciente del pop alternativo latinoamericano, el nombre de Ximena Sariñana aparece con la naturalidad de quien estuvo ahí desde el principio. Fue niña actriz, villana de telenovela, musa del cine juvenil, voz invitada en proyectos experimentales, cantautora premiada, jueza de talento, activista y madre en gira. Pero por encima de todo ha sido una compositora obsesionada con encontrar nuevas maneras de decir lo que siente. Desde Mediocre hasta Amor adolescente, pasando por ¿Dónde bailarán las niñas?, su discografía funciona como mapa emocional de una generación que aprendió que la vida no es fácil, que el amor no siempre alcanza, pero que siempre habrá una canción para bailar mientras todo se acomoda.